sábado, 15 de diciembre de 2018

Lyon se ha incendiado.

Luz. Luz por aquí, por allá. En esta esquina y en aquella otra. Luz arriba y abajo. 


Luz y sonido. Música acompañando al movimiento de la luz. Luz bajo color, luz en color, color sobre la luz. 


Luz en un constante movimiento, acompañándole el ritmo a lo que está pasando, a lo que de hecho ya lleva 3 meses pasando. Punto de reflexión. Miro a derecha, después a la izquierda, y veo los edificios iluminándose sobre unos ojos sin los cuales ya no me imagino este andar. 


Lyon se ha incendiado los últimos 4 días. Ha prendido en luces, ha ardido en colores, ha tocado el cielo y nos ha hecho perdernos bajo él a nosotros. 


Lyon nos ha hecho mirar al suelo y a las estrellas. Nos ha hecho mirar, simplemente. Pararnos a mirar. Pararnos a perdernos en sus calles, a hacer danzar nuestros ojos en sus muros, a sentirnos pequeños en un sitio grande. También grandes en un sitio pequeño. 




Lyon ha brillado sobre nuestros ojos y ha hecho nuestros ojos brillar, nuestros sentidos levitar. 





Lyon se ha disfrazado de mago, de ilusionista, de pintor, de músico.También de poeta. Nos ha recitado en cada una de estas baldosas el poema de nuestra vida. La que pisamos sobre ellas. La que andamos al correr de sus luces. 


Y así, Lyon ha acogido otro año más su Fête de Lumières, iluminándonos a todos con ella, ilusionándonos el camino.


Pequeña pausa para Navidades en este Erasmus para volar la vista atrás. Volvemos pronto para bailar al ritmo de su  canción y seguir dándole a este año mucho pero que mucho color.


📸: Anne Schwarzer (@_pxlmix)




lunes, 3 de diciembre de 2018

Siempre otro clic.

Nunca hay dos viajes iguales. Siempre hay algo que cambia. Otro clic.

E incluso aunque se trate del mismo destino, siempre hay otra forma de mirar cada rincón, otro punto de vista del que disfrutar de cada esquina. Siempre hay otro enfoque, otra visión, otro color distinto para cada calle. 

Este finde nos ha tocado el gris en el cielo, así que hemos decidido pintarlo nosotras mismas de los colores que se nos ha ido ocurriendo. Hemos reído todas las calles de Turín, hemos doblado todas sus esquinas, hemos pisado cada punto clave en el mapa. Y hemos seguido andando y bailando el recorrido, encontrando en cada lugar un tesoro que nosotras mismas estábamos construyendo: la propia alegría de estar juntas, de hacer juntas el camino, de pintar juntas el destino. Sea cual sea. Hemos descubierto Turín mientras seguíamos descubriéndonos las unas a las otras. Disfrutar a cada paso viendo cómo tantas formas tan distintas de ser se complementaban perfectamente en un mismo escenario. Conocer los pequeños detalles de cada una y alegrarme al ver cómo formamos parte de un engranaje que ya no va a parar.

Nunca hay dos viajes iguales. Siempre hay otro destino. Y si el destino es el mismo, siempre es con otra compañía. E incluso aunque la compañía sea distinta, siempre hay otro planteamiento. E incluso si en algún remoto caso todo se hubiera hecho girar de la misma forma, siempre hay, al menos, otro contratiempo. Siempre algo pasa. No existen los viajes perfectos, nunca todo sale a la primera y no existen las decisiones absolutas. Siempre queda la duda y la variación y, por supuesto, siempre queda algo por ver. Siempre hay que dejarse algo para tener una pequeña excusa para volver. Y volver a hacerlo todo distinto. 

Volver a recorrer las mismas calles.
Volver a pisar la misma baldosa.
Volverle a sacarle foto al mismo lugar. 

Y darte cuenta de que aquella señora de la primera foto no está allí, que aquel músico ya no toca y que esta vez las nubes tienen una forma distinta. 

Un destino. 
Una forma de ir.
Y la gente que te acompaña.

Son tres piezas clave en cualquiera nueva aventura. Una combinación de todas ellas que siempre se antojará distinta. Mismos ingredientes para un resultado que nunca será igual. 

Y para terminar, incluso después del postre, un punto final que no dejará indiferente a nadie. Porque de cada lugar nos llevamos una sensación. Y es con ella con la que seguimos viajando y seguimos viviendo. Es con ella con la que volvemos. Pero sobre todo es ella quien nos acompañará el resto de nuestros viajes, el resto de nuestra vida. 

Un viaje es una experiencia única. Así que solo nos queda aprovechar, disfrutar y, finalmente, recordar. 

Arrivederci Torino!


domingo, 21 de octubre de 2018

¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte?

“¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ¿Se muere el amor? ¿O se enamora la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte. "

Sea cual sea el desenlace de este cruce, seguro que es una dura batalla campal. 

"Enemigo analizado. Objetivo definido. Todos a sus puestos. Cojan sus armas y... ¡A por ellos!"

Y a partir de ahí, la más sanguinolenta batalla, sea cual sea el final. Los dos rivales más fuertes, las dos estrategias más eficaces, los soldados más valienietes y el objetivo más ambicioso. ¿El premio? Quién sabe. Absolutamente todo, quizá. Completamente nada, tal vez.

Hagan sus apuestas... ¿El amor? La muerte?"

Qué dos antónimos, ¡menuda contradicción en una misma frase! Qué dos polos opuestos. Qué norte y qué sur. Fuego y agua, tierra y mar. Son tormenta y calma, hasta acabar en calma y tormenta. El uno por el otro, el otro por el uno. Primavera y verano. Dolor y alivio. Enfermedad y cura. Son amanecer y anochecer, naufragio y salvavidas. Negro y blanco. Quizá rojo también. Son dos versos sueltos, dos direcciones opuestas que, en algún momento en esta vida, siempre acaban cruzándose. 

Y es ahí, precisamente ahí, donde empieza la temible batalla.

No creo que el amor siempre gane, ante todo, pero si hay algo que pueda con las cosas, incluso con la muerte, ese es, sin duda, el amor. 

Hablo no solo del amor hacia otra persona sino también del amor hacia uno mismo, incluso del amor por la vida... La fuerza del último paso, el suspiro del último aliento, el desafío del último latido. El sentimiento del último beso. El billete de regreso. 

Solo es el amor lo suficientemente valiente para desafiar cada obstáculo, el único capaz de dar un paso más allá de la raya. Pero vamos a ver... ¿qué raya? La del orgullo, quizá. La de la propia vida, tal vez. 

No todas las historias tienen siempre un final feliz. También las hay que acaban.  O sea que final tienen... O quizá solo tienen la eternidad por delante. En cualquier caso no es ese final de ensueño.

A veces se muere el amor. A veces se apagan los sueños, a veces se rinden las metas, a veces llega el olvido y hay ocasiones en las que la distancia puede con todo lo demás. A veces, incluso, se pierde la vida. También la de los seres más queridos. A veces gana la muerte, pero hasta en estos casos, tiene el amor una oportunidad de desafiarle por última vez. Porque solo muere quien se olvida. Y cuando se quiere a alguien de verdad, jamás se olvida.

Así que en realidad, quizá el amor nunca muere. Quizá solo se olvida. Quizá solo nosotros podemos matar al amor y solo nosotros enamorarnos de la muerte. O enamorar a la muerte, seducirla, engañarla hasta ponerla de nuestra parte y no permitir que se salga nunca con la suya. 

A veces, sin embargo, es el propio amor quien nos mata. Es el propio amor quien nos enreda, quien nos engaña, quien nos tapa los ojos y nos vuelve ciegos ante todo. 

Hay veces en las que el amor duele y nos elige a nosotros como enemigo de batalla. "Pero vamos a ver... ¡¿Yo a ti que te he hecho?!" Nada, seguramente. ¿Se aburre? ¿Se divierte? ¿O también sufre él? 

Lo peor es, encima, nunca saber por dónde vendrán los golpes. No tienen dirección, y mucho menos explicación, así que jamás sabrás cuál de todas sus caras será la próxima en atacar. O quizá lo peor de tener al amor como rival es que somos nosotros mismos el propio enemigo. Y eso sí que es, inevitablemente, sinónimo de destrucción. 

"Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres. Porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren" 
Joaquín Sabina

jueves, 6 de septiembre de 2018

Nueva partida.

Subimos al bus. 10:30.
Nos caen algunas lágrimas por culpa de un auricular compartido.
Pisamos tierra. 13:30

Comenzamos a andar.

Llegamos, comemos, estamos perdidas.
Los pasillos de aquel lugar se antojan interminables.
Salimos a andar. Estamos perdidas.
¿Cuánto tiempo hemos de aguantar aquí? Joder, estamos perdidas.

Hola.
Pero y tú, ¿quién eres? ¿Qué haces aquí?
Qué majas estas chicas.

Cierro los ojos. Y ahí, comenzamos a andar.

Y nos subimos a una montaña rusa en la que subiremos y bajaremos, y recogeremos a mucha gente en el camino. Y nos adentramos en un mundo de risas y llantos, de aventuras, de personas mágicas, de calor, de amor, de dolor. Y empezamos, poco a poco y no sin miedo, a recorrer 3 años que pronto nos invaden y nos conquistan, y nos llevan, y hacen que nos dejemos llevar.

Me subo al coche. No sé qué hora es ni me importa.

Toca comenzar a andar de nuevo. Toca un camino nuevo.

Y mientras tanto, vosotras seguid andando, con ese ritmo, con esa alegría, con ese color. Con ese calor. Interno. Yo os indico dónde tenéis que recogerme y seguimos el camino. Y que me sigáis regalando los mejores momentos. Ya no estamos perdidas. Tampoco estamos perdiendo. Yo os reto a una nueva partida. Porque este juego ya es nuestro.


Releo ahora un regalo de allá por junio titulado “Zaragoza sin ti...” sin poder contener las lágrimas. Y la pregunta es... ¿Y yo sin Zaragoza? ¿Y mi vida sin vosotras? Difícil imaginarlo y, sin embargo, aquí estamos, tan lejos que... os siento muy cerca. 


Hasta pronto Zaragoza. Y, sobre todo, cuídamelas mucho.


<<Tal como abanderas la frase de Galeano “para qué escribe uno si no es para juntar nuestros pedazos”, en este caso, nosotras, te escribimos para juntar nuestros pedazos, que no son más que sentimientos y recuerdos de nuestra vida en común. 

Porque tal como dices en uno de tus escritos, la distancia es aprender que no estarás físicamente en tantas ocasiones pero tampoco faltarás jamás. >>


Zaragoza sin ti.



sábado, 19 de mayo de 2018

La plastilina nunca dejará de ser plastilina.

Por qué sí. Y por qué no. Es más: por qué ahora sí y después no. Ahora no y después sí. ¿Por qué cambiamos? Porque... Verdaderamente, ¿cambiamos? Eterno debate: ¿La gente cambia?

Sí pero no. Pues vaya respuesta. Mójate un poco, ¿no?

La gente cambia, sí. La gente aprende, la gente madura. La vida nos cambia. Cada experiencia nos da nuevas herramientas y cada situación nos pone nuevos obstáculos. No podemos ser estáticos en un mundo constantemente cambiante. No podemos quedarnos quietos en un sitio cuando los pies nos piden que avancemos. Aprendemos a pintar con nuevos colores. Aprendemos a navegar mares desconocidos. Aprendemos cada día a interpretar la visión que el mundo nos ofrece.

Evidentemente, esa interpretación cambia con el tiempo. Pero es que si no es la misma visión... ¿Sería normal que no lo hiciera?

Somos plastilina moldeable y, como ella, somos capaces de cambiar de forma para adaptarnos. A lo que la vida nos pide, a lo que el corazón nos dicta, a lo que el dolor nos obliga. A lo que toque.

Se trata de cambiar. De entendernos cada vez un poco más. De aprendernos cada vez un paso más. De querernos cada día algo más. De escuchar a los demás, de redebatirnos día a día, de replantearnos todo una y otra vez.

Así que la gente cambia, sí. Sin embargo, no se reinventa del todo. Y a lo mejor es ahí donde está la clave de la pregunta. La plastilina nunca dejará de ser plastilina. Si un corazón no es puro, no lo será nunca y si las intenciones no son buenas, no lo serán nunca.

Lo que uno lleva dentro, lo llevará siempre. Lo bueno y lo malo. Las manzanas tienen dentro su corazón, la semilla de la vida. Pero hay manzanas podridas.

Se puede reeducar lo aprendido, pero no podrás cambiar el ser, el interior, el verdadero "yo" de cada uno.


"Y, francamente, hay corazones que no me atraen."
Mario Benedetti

Enséñame a moverme en tinta

Tú, que invades mi mente.
Tú, que te escurres entre mis dedos.
Tú, que me obligas a moverme, que me obligas a decir, que conviertes en rima todo lo que tocas.

Tú que me enseñas, que me haces reflexionar, que me haces pensar en voz alta. Tú que dices sin entender, que entiendes y dices, que sales sin pensar, que solo sales. Que solo eres.

Tú que tanto me quitas y sobre todo que tanto me das. Que me ayudas a escucharme a mí misma. A escucharme en voz baja, en voz alta. Sube, sigue subiendo. Después baja. Sé. Cae. Vuelve. Vete. Déjame. No me faltes. Búscame. Piérdete.

Enséñame ese movimiento, así, ese paso de baile lleno de poesía. Enséñame a moverme en tinta, a perderme en letras, a encontrarme en frases. No me tientes. No me tientes que sabes que te retaré, que me uniré a tu vaivén, que no podré parar hasta ponerte el punto final. No me busques las cosquillas, las encontrarás. No me busques las verdades, te las daré. No me busques los latidos, latirán.

Llorarás. Sonreirás. Pararás. Volverás. Soñarás. Me pondrás una mano en el pecho y verás como eso de dentro, ya no para.

La vida ya no para. No va a parar. Y tú me seguirás atrapando en cada esquina, en cada minuto, en cada viaje y cada lágrima. Tú me encontrarás en pantallas y en folios en blanco. Y dejarán de ser en blanco, pequeña traviesa, por tu culpa.

Inspiración.

Qué bonito nombre tienes. Como una bocanada de aire necesaria para poder espirar todo lo que llevo dentro. Que no expirar.

Sigue encontrándome, por favor. Y tú, vida, sigue inspirándome momentos con los que manchar folios y perderme, seguir perdiéndome mientras me encuentro.

jueves, 17 de mayo de 2018

Dos versiones de una misma historia.

En la vida harás muchas relaciones. Buenas, malas, bonitas, dolorosas, reales, intensas, aburridas, todo. Conocerás gente increíble, crearás lazos tremendamente fuertes, y harás de ellas tu propia vida, eligiendo cuáles serán las compañías que entren y salgan en ella.
Yo haré lo propio con la mía.

Sin embargo, hay un espacio que nadie podrá ocupar. Hay un lugar especial que nadie podría reemplazar. Es tuyo. Solo tuyo. Solo podría ser así.

Hablo de esa complicidad diferente. Hablo de haber sido la persona que más he odiado y más he querido en un mismo segundo. Hablo de tu tú tan tú y mi  yo tan yo. Y de tu yo tan yo y mi yo tan tú. Hablo de que tú seas todo mi yo.

Somos como dos pequeñas gotas. Dos gotas corriendo caminos paralelos al mismo ritmo, sin perderse de vista. Dos gotas que comienzan siendo una y después divergen. Dos gotas que acaban uniéndose en una misma. Y es que somos la esencia que cada gota tiene, lo único de cada una de ellas. Somos un mismo punto de partida y, sin embargo, dos versiones tan distintas de la misma historia. También dos pasos de baile que, al juntarse, crean la magia.

Las dos caras de una misma moneda. A veces tú tan cara y yo tan cruz. Otras al revés. Pero al final siempre la una para la otra. Y es que sé que por mucho que me pierda, siempre vas a ser miguitas en el camino para hacerme encontrar la salida. Y que por mucho que la líe, siempre vas a quedarte allí para ver cómo me desenredo, y como caigo y después levanto. Siempre serás la llamada de emergencia, el comodín del consejo y el chivatazo de la respuesta definitiva.

No sé decirte cuál fue el día que cambiaron las tornas. Cuál fue el momento en el que dejé de verte mi enemiga, mi competencia, y comencé a sentirte como mi más preciado tesoro. Cuándo llegó ese punto en el que en lugar de tirar mis torres, empezaste a subirlas junto a mí. De haber podido, el día que naciste habría empujado con todas mis fuerzas para que te metieras de nuevo para dentro y no volvieras a salir jamás. Y ahora si se atreven a separarte de mí rodarán cabezas. Qué ganas de matarte tantas y tantas veces y, sin embargo, nunca habría dudado en enfrentarme a una jauría de lobos hambrientos por ti.

Recuerdo perfectamente el día que viniste a mi cuarto con un: “Leire… es que… ¿Tú por qué siempre me dices que me vaya a estudiar a Madrid? ¿Tan bueno es vivir fuera?” Pequeño txutxitillo lleno de dudas hace apenas un año. Ahora no podría convencerte de lo contrario aunque quisiera. Has abierto las alas y jamás volverán a estar cerradas.

Sabía que el día que conocieras el mundo te lo ibas a comer. Y yo aquí me quedo a contemplar tu baile, a admirar tu vuelo, con los dos brazos abiertos por si un día la vida te muerde y vienes a perderte en ellos.

Felices 19 años de gritos, peleas y broncas. No podría haber encontrado una mejor rival.
Felices 19 años de cariño, consejos, apoyo y buenos momentos. No podría haber encontrado mejor pareja de baile. Y que comience el juego, que soy yo quien lleva el as en la manga para esta partida de vida.

Disfruta todo lo que puedas de este
cumpleaños de estudio, que llego pronto en tu auxilio pintando los kilómetros de colores para juntar las copas y que, un año más, podamos soplar las velas juntas.

ZORIONAK nire bizitza erdiari, nire bizipozari, bizi gogoei, bizi ametsari. Nire bizitza 19 kolorez margotu ta gero, 20. batera hastera goaz, berriz ere.

miércoles, 2 de mayo de 2018

Y sobre su cielo vosotras.

Es tiempo de viajar. Es edad de descubrir. De andar mundo. De conocer nuevos rincones, países, ciudades.

Es tiempo de soñar. De imaginar todo a lo grande. De no conocer fronteras. Buscar a quien no te ponga límites, sino quien te ayude a crecer. Yo sigo creciendo con vosotras desde un septiembre de 2015 en el que todas llegamos perdidas a la capital maña. Poco a poco fuimos aprendiendo a bailar sobre los kilómetros y a valernos por nosotras mismas. Revolviendo nuestras vidas llegamos a esta nueva etapa. Sin quererlo, sin pedirlo. Una etapa difícil a veces, pero con una gran recompensa detrás, una nueva vida, un nuevo latir que me acompaña siempre ahora. Me salvasteis cuando estuve perdida, y en esta ocasión también estaba dispuesta a perderme. Pero junto a vosotras.

Bailar al son de vuestras carcajadas, llenar las fotos de tonterías y al final admitir que mientras os tenga cerca, sé que no importa dónde esté. Respirar la confianza que me transmitís a cada paso, aprender que hay idiomas que no entienden de palabras y al final, sentir lo grande que me hacéis a cada paso que hay. Os quiero. Solo eso y tanto como eso.

Bruselas. Brujas. Gante. Apenas tres días. Empieza el juego. Orquestas en los viajes nocturnos, amaneceres sobre el cielo, zapatillas desgastadas y muchas ganas. Chocolate sobre gofres y muñecos de chocolate. Cervezas en la mesa y zapatillas en el techo. Un hechizo. Un embrujo. Muchas fotos, bonitas y tontas. ¿Y qué es lo que separa a las unas de las otras?

"Bueno chicas, tenemos tres días, vámonos de puente. ¿A dónde? ¿Algo cerquita? Para tres días... Ah, pues no. Bruselas. Pues venga, tira, ¿Bruselas?" Y para allí que nos fuimos. Llegamos al destino. Sobrevivimos en un idioma extranjero y conseguimos volver. No perdimos ningún avión. Ya está, todo un logro.

Al final, quedará lo más tonto de todo en el recuerdo. ¿Será el tomate cortado? ¿El pepino? ¿O acaso aquel fantasma en las cartas del Dobble? El recuerdo de tres días organizados con mucho cariño y vividos con más aún.

Y a partir de ahora, este será nuestro puente. De puente a puente y que me lleve la corriente. Y dejarme arrastrar por ella. Saltar en los charcos. Surfear las olas. Disfrutar del viaje. Y al final... BRUSELAS. Y sobre su cielo vosotras.

Gracias una vez más. Seguiremos andando el camino. Seguiremos encontrando la salida. Y disfrutaremos de la vida mientras tanto.

domingo, 8 de abril de 2018

¿Vacío o lleno?

¿Qué ocurre cuando alguien se va? ¿Qué es lo que deja? ¿Deja vacío o lleno? ¿Es todo lo que se va o todo lo que se queda? Hay muchas formas de irse. Muchas situaciones. Muchas circunstancias. Algunas obligadas, otras voluntarias. Algunas temporales, otras para siempre.

Hay quien odia las despedidas. Quien no soporta ese sabor de "último" a todo, el momento en el que alguien se va y tú tienes que quedarte.

Hay quien, sin embargo, necesita despedirse. Necesita ese último "cuídate", ese "te quiero" final. Recordarle todo lo que ya sabe. Asegurarse de que no se le olvidará.

Al final llega. Llega el momento. Sin importar si hemos deseado mil y una vez que nunca llegara o si lo esperábamos con todas nuestras fuerzas, siempre llega. Y el viaje comienza, y lo dejamos todo atrás. Se queda el recuerdo. Y la ausencia. Calma y revolución interior. No pero sí. Sí pero no. Y en ese lugar, queda todo lo que alguien fue alguna vez. Queda todo lo que dijo, todo lo que lloró, todo lo que pensó. Pero a su vez nada. Ausencia. Silencio.

Y por eso los recuerdos. Son ellos los culpables y también nuestro único salvavidas. Quienes más nos obligarán a echar de menos y los únicos a los que aferrarnos para sentirnos completos por dentro. Vacíos también. Somos recuerdos y sentimientos. Que pasamos por lugares, por tiempos y por espacios. Pero pensamientos al fin y al cabo.  Tan real como irreal. Tan presente como pasado.

En unos meses me toca andar un paso más allá. Irme unos kilómetros más lejos. Comenzar una nueva aventura, esta vez temporal y, por suerte, feliz a priori. También quedarán mis recuerdos. También quedaré yo. Y en esta ocasión no será necesario que nadie me lo recuerde. Nadie tendré que asegurarse de que volveré. Porque os lo aseguro yo. Volveré con los brazos abiertos para caerme en todos los de aquellos que me quieren y seguir construyendo recuerdos.

"Te llamarás silencio en adelante. Y el sitio que ocupabas en el aire se llamará melancolía."

Eduardo Carranza

sábado, 10 de marzo de 2018

En las noches de luna clara.

La vida se teje de momentos. La vida se teje de viajes. En cada ocasión un destino y una compañía distinta. Esta vez, con todos ustedes, Sevilla. Y de la compañía, en fin, qué puedo decir... Que a cada paso hace el camino más bonito, que es hogar y seguridad, y a la vez aire fresco. Esta vez cambiábamos por fin de entorno, de escenario, y la función sigue adelante. Así como en silencio, como sin enterarnos, y al mismo tiempo haciendo todo el estruendo del mundo.

Llegamos a Sevilla con la velocidad de un AVE Fénix y comenzamos a descubrir la ciudad, a explorar cada rincón y a saborear cada momento, andando un doble camino. Descubrimos Sevilla y seguimos descubriéndonos nosotros mismos. Bajo nuestros pies, todo un mundo por explorar aún. Y sobre ellos, una mirada a la que le sobran las palabras. Una sonrisa sincera y una conexión muy especial.

Sevilla tiene un color especial. Tiene un aire, tiene un ambiente, tiene un brillo muy suyo. Tiene toda la personalidad que una ciudad puede tener y transmite toda la alegría que unas calles pueden transmitir. Sevilla tiene su trasteo, su ritmo, su propio baile. Y no se trata solo de lo bonita que es, sino de todo lo que transmite. Eso es lo bonito de verdad: transmitir. También para nosotros. Transmitir lo que llevamos dentro a otros, impregnar nuestra esencia allá donde vamos y dejarnos embargar por la de aquellos que también nos transmiten. Porque la vida no es estar, es ser, y siendo se vive, y viviendo se es. Y transmitir es expandirse, es soltar, dejar ir sin perderlo.

Cuentan que Sevilla tiene un clima cálido. Sinceramente, no puedo deciros que lo pudiera comprobar por mis propios medios, pero me llevé a la calidez conmigo, el arropo, el cariño. Y quién quiere calor fuera si lo lleva por dentro.

 En Sevilla se oye un canto, un poema, una melodía con tanto sentimiento como ritmo en el barrio de Triana. En Sevilla hay un sabor, o mejor dicho, una explosión y una mezcla de sabores. Y se huelen sus tapas, y se escuchan los cascos de sus caballos recorrer la ciudad. Y el ambiente es tan bonito que casi hasta se toca. Así que os lo advierto... A Sevilla hay que ir con los cinco sentidos a punto y el corazón con muchas ganas de disfrutar. Y sí, Sevilla me ha gustado, pero por muy bonita que sea, no es lo que más me ha gustado del viaje de esta ocasión. Y es que si alguien la supera, es la compañía. Para querer también hay que tener los 5 sentidos a punto. Pero sobre todo, para querer, hace falta tener el corazón abierto. Y el mío ahora mismo está de par en par. 

 He de contaros que aunque Sevilla solo pueda ser una, deja su imagen sobre el Guadalquivir en las noches de luna clara. Y ahí, en ese punto, en ese instante, todo es calma. Calma alrededor de tanta vida, calma después de la tormenta. 


domingo, 25 de febrero de 2018

Esa será otra historia.

Zaragoza, 17 de septiembre de 2015. Todo era nuevo. Todo extraño. Todo estaba tan lleno de gente como tan vacío de vida para nosotras. 2 tontas muy tontas recorriendo Independencia para arriba y después para abajo, sin las ideas muy claras. Sin grandes planes. Viendo la tarde pasar. Mirar alrededor. 5 años. Teníamos aún 5 laaargos años por delante en aquella ciudad. Dios, 5 jodidos años todavía.

Cerré los ojos aquella noche del 17 y, para cuando he querido abrirlos de nuevo, ya han pasado dos años y medio. Nos hemos puesto, sin enterarnos, en el Ecuador de esta aventura. Y nunca mejor dicho porque, el pasado viernes precisamente, pasamos el Ecuador. Gran noche junto a las mejores pero... Me quedo, sobre todo, con estos dos años y medio que tanto me han dado, tanto me han hecho crecer y tanto me han hecho querer.

Tantas y tantas horas detrás. Tantas juergas y plazoletas, tantas risas, tantas horas de estudio también. Grandes dosis de alegría cuando se ha podido y lágrimas cuando se ha necesitado. Una infinidad de momentos. Una infinidad de recuerdos. Planes, viajes, bromas, vaciles, confesiones, cotilleos... Vida, al fin y al cabo. La que vosotras le dais a todo esto.  Zaragoza sigue siendo la misma que aquel septiembre de 2015 pero yo ya no la veo igual. No puedo hacerlo. Ha sido escenario de tantos momentos, y además momentos tan importantes para mí que ya no podría ignorar su nombre. Sus calles siguen llenas de gente pero ya no lucen vacías. Jamás volverán a hacerlo.

A la espalda, un largo pero a su vez breve camino recorrido, enseñanzas, cambio interior. Y hacia arriba, siempre. Creciendo día tras día, año tras año. No somos las que entramos ni somos aún las que dejaremos esto, pero es día de reflexión para pensar lo rápido que ha pasado todo lo vivido y lo corto que se antoja ahora lo que queda. Ya no quiero que termine. No quiero que estos 5 años lleguen a su fin porque sois para mí la más bonita coincidencia. Y que dure lo que dure esto... Solo espero que me acompañéis hasta el final del camino.

Llegará el día. Y por ello, es más momento que nunca de seguir disfrutando cada momento y sacándole el mayor provecho a cada día. Porque algún día esto también lo echaremos de menos. Pero esa será otra historia. Otro capítulo de la aventura de nuestras vidas.

Gracias por tanto. De verdad, de corazón. 


domingo, 11 de febrero de 2018

"What's the world's greatest lie?"

Recuerdo cuando hace años mi ama me decía que el destino no existía. Que no había nada escrito, que éramos nosotros mismos quienes marcábamos nuestro propio destino. Me decía que le gustaba pensar que no éramos simples marionetas manejadas por algún tipo de mano sino que nuestras acciones, nuestras decisiones, no estaban escritas con anterioridad. Marcarían nuestro único y propio destino.

He crecido creyendo en esa filosofía de vida. Y a veces me lo planteo, si no somos fichas sobre un tablero de juego en la partida de alquien. Y hay días que lo pienso, si solo estamos andando un camino ya marcado y si, en realidad, todas las decisiones que nosotros creemos espontáneas, son más invariables que un dicho. Aunque tengo que admitir que esto último es más bien relativo, al menos según para quién sea este (desde luego Olaia hace oídos "gordos" y, sin dejar que "funda" el pánico, tiene su propio refranero.) Quizá también escribe su propio destino. Quizá lo hacemos todos. O quizá no, pero por si acaso, viviré pretendiéndolo.

Y vivir cada semana intensamente. Y pintar cada día de colores, y reírle al sol, y hablarle a la luna. Darle mil y una vueltas a la cabeza y una y mil a cada decisión. Y no saber nunca a dónde nos llevará cada camino. Porque esto solo dependerá de la dirección de cada paso que nosotros mismos demos. Y no saber jamás cuál será el destino detrás de cada dirección. Y disfrutar de esa incertidumbre también.

Sin embargo, Oihana, que fue quien me pidió que escribiera sobre el destino, piensa exactamente lo contrario. Dice que  el destino es un plan ya establecido. Que no tenemos ni voz ni voto. Una especie de forma de evitar el caos de la vida. Y yo pregunto... ¿Acaso te parece poco todo este caos? Este ir y volver, este no saber. El por qué nosotros, sin tener alas, somos capaces de cruzar todos los óceanos del mundo desde el aire. El por qué dos días nunca se apagan igual, el por qué cada día nos levantamos de la cama con un pie distinto. Después me confiesa que a veces incluso duda de si no es una forma de quitarnos preocupaciones y culpas de encima.

Luego me habla de las casualidades, otro gran debate en el que cada uno tiene su propia teoría. ¿Las casualidades existen?
Recurrimos mucho a ellas. Supongo que no todo es azar, pero el azar también existe. A veces nos coincide la vida. De vez en cuando nos encontramos solapados con circunstancias que ni buscábamos ni esperábamos, sino en las que simplemente nos vimos envueltos. Pero... Podríamos no habernos visto, ¿verdad?

Yo hablo mucho de las casualidades, pero... las casualidades no hablan de mí.

La vida se teje en momentos. Momentos que buscamos y momentos que encontramos pero, en cualquier caso, momentos que vinieron y que vendrán. Estamos en continuo movimiento, siempre, en un fluir constante hacia un destino. Lo que no sabemos, ni sabremos nunca, es si somos las aguas que siguen el caudal ya marcado o aquellas que se van abriendo paso, marcando su propio camino. Pero, por si acaso, centrémonos en vivir, en vivirlo todo, con todo lo que tenemos dentro. Y que sea eso quien nos marque el camino.

"What's the world's greatest lie? That, at a certain point in our lives, we lose control of what's happening to us, and our lives become controlled by fate. That's the world's greatest lie"

Paulo Coelho