Tú, que invades mi mente.
Tú, que te escurres entre mis dedos.
Tú, que me obligas a moverme, que me obligas a decir, que conviertes en rima todo lo que tocas.
Tú que me enseñas, que me haces reflexionar, que me haces pensar en voz alta. Tú que dices sin entender, que entiendes y dices, que sales sin pensar, que solo sales. Que solo eres.
Tú que tanto me quitas y sobre todo que tanto me das. Que me ayudas a escucharme a mí misma. A escucharme en voz baja, en voz alta. Sube, sigue subiendo. Después baja. Sé. Cae. Vuelve. Vete. Déjame. No me faltes. Búscame. Piérdete.
Enséñame ese movimiento, así, ese paso de baile lleno de poesía. Enséñame a moverme en tinta, a perderme en letras, a encontrarme en frases. No me tientes. No me tientes que sabes que te retaré, que me uniré a tu vaivén, que no podré parar hasta ponerte el punto final. No me busques las cosquillas, las encontrarás. No me busques las verdades, te las daré. No me busques los latidos, latirán.
Llorarás. Sonreirás. Pararás. Volverás. Soñarás. Me pondrás una mano en el pecho y verás como eso de dentro, ya no para.
La vida ya no para. No va a parar. Y tú me seguirás atrapando en cada esquina, en cada minuto, en cada viaje y cada lágrima. Tú me encontrarás en pantallas y en folios en blanco. Y dejarán de ser en blanco, pequeña traviesa, por tu culpa.
Inspiración.
Qué bonito nombre tienes. Como una bocanada de aire necesaria para poder espirar todo lo que llevo dentro. Que no expirar.
Sigue encontrándome, por favor. Y tú, vida, sigue inspirándome momentos con los que manchar folios y perderme, seguir perdiéndome mientras me encuentro.
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