“¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ¿Se muere el amor? ¿O se enamora la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte. "
Sea cual sea el desenlace de este cruce, seguro que es una dura batalla campal.
"Enemigo analizado. Objetivo definido. Todos a sus puestos. Cojan sus armas y... ¡A por ellos!"
Y a partir de ahí, la más sanguinolenta batalla, sea cual sea el final. Los dos rivales más fuertes, las dos estrategias más eficaces, los soldados más valienietes y el objetivo más ambicioso. ¿El premio? Quién sabe. Absolutamente todo, quizá. Completamente nada, tal vez.
Hagan sus apuestas... ¿El amor? La muerte?"
Qué dos antónimos, ¡menuda contradicción en una misma frase! Qué dos polos opuestos. Qué norte y qué sur. Fuego y agua, tierra y mar. Son tormenta y calma, hasta acabar en calma y tormenta. El uno por el otro, el otro por el uno. Primavera y verano. Dolor y alivio. Enfermedad y cura. Son amanecer y anochecer, naufragio y salvavidas. Negro y blanco. Quizá rojo también. Son dos versos sueltos, dos direcciones opuestas que, en algún momento en esta vida, siempre acaban cruzándose.
Y es ahí, precisamente ahí, donde empieza la temible batalla.
No creo que el amor siempre gane, ante todo, pero si hay algo que pueda con las cosas, incluso con la muerte, ese es, sin duda, el amor.
Hablo no solo del amor hacia otra persona sino también del amor hacia uno mismo, incluso del amor por la vida... La fuerza del último paso, el suspiro del último aliento, el desafío del último latido. El sentimiento del último beso. El billete de regreso.
Solo es el amor lo suficientemente valiente para desafiar cada obstáculo, el único capaz de dar un paso más allá de la raya. Pero vamos a ver... ¿qué raya? La del orgullo, quizá. La de la propia vida, tal vez.
No todas las historias tienen siempre un final feliz. También las hay que acaban. O sea que final tienen... O quizá solo tienen la eternidad por delante. En cualquier caso no es ese final de ensueño.
A veces se muere el amor. A veces se apagan los sueños, a veces se rinden las metas, a veces llega el olvido y hay ocasiones en las que la distancia puede con todo lo demás. A veces, incluso, se pierde la vida. También la de los seres más queridos. A veces gana la muerte, pero hasta en estos casos, tiene el amor una oportunidad de desafiarle por última vez. Porque solo muere quien se olvida. Y cuando se quiere a alguien de verdad, jamás se olvida.
Así que en realidad, quizá el amor nunca muere. Quizá solo se olvida. Quizá solo nosotros podemos matar al amor y solo nosotros enamorarnos de la muerte. O enamorar a la muerte, seducirla, engañarla hasta ponerla de nuestra parte y no permitir que se salga nunca con la suya.
A veces, sin embargo, es el propio amor quien nos mata. Es el propio amor quien nos enreda, quien nos engaña, quien nos tapa los ojos y nos vuelve ciegos ante todo.
Hay veces en las que el amor duele y nos elige a nosotros como enemigo de batalla. "Pero vamos a ver... ¡¿Yo a ti que te he hecho?!" Nada, seguramente. ¿Se aburre? ¿Se divierte? ¿O también sufre él?
Lo peor es, encima, nunca saber por dónde vendrán los golpes. No tienen dirección, y mucho menos explicación, así que jamás sabrás cuál de todas sus caras será la próxima en atacar. O quizá lo peor de tener al amor como rival es que somos nosotros mismos el propio enemigo. Y eso sí que es, inevitablemente, sinónimo de destrucción.
"Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres. Porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren"
Joaquín Sabina
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