E incluso aunque se trate del mismo destino, siempre hay otra forma de mirar cada rincón, otro punto de vista del que disfrutar de cada esquina. Siempre hay otro enfoque, otra visión, otro color distinto para cada calle.
Este finde nos ha tocado el gris en el cielo, así que hemos decidido pintarlo nosotras mismas de los colores que se nos ha ido ocurriendo. Hemos reído todas las calles de Turín, hemos doblado todas sus esquinas, hemos pisado cada punto clave en el mapa. Y hemos seguido andando y bailando el recorrido, encontrando en cada lugar un tesoro que nosotras mismas estábamos construyendo: la propia alegría de estar juntas, de hacer juntas el camino, de pintar juntas el destino. Sea cual sea. Hemos descubierto Turín mientras seguíamos descubriéndonos las unas a las otras. Disfrutar a cada paso viendo cómo tantas formas tan distintas de ser se complementaban perfectamente en un mismo escenario. Conocer los pequeños detalles de cada una y alegrarme al ver cómo formamos parte de un engranaje que ya no va a parar.
Nunca hay dos viajes iguales. Siempre hay otro destino. Y si el destino es el mismo, siempre es con otra compañía. E incluso aunque la compañía sea distinta, siempre hay otro planteamiento. E incluso si en algún remoto caso todo se hubiera hecho girar de la misma forma, siempre hay, al menos, otro contratiempo. Siempre algo pasa. No existen los viajes perfectos, nunca todo sale a la primera y no existen las decisiones absolutas. Siempre queda la duda y la variación y, por supuesto, siempre queda algo por ver. Siempre hay que dejarse algo para tener una pequeña excusa para volver. Y volver a hacerlo todo distinto.
Volver a recorrer las mismas calles.
Volver a pisar la misma baldosa.
Volverle a sacarle foto al mismo lugar.
Y darte cuenta de que aquella señora de la primera foto no está allí, que aquel músico ya no toca y que esta vez las nubes tienen una forma distinta.
Un destino.
Una forma de ir.
Y la gente que te acompaña.
Son tres piezas clave en cualquiera nueva aventura. Una combinación de todas ellas que siempre se antojará distinta. Mismos ingredientes para un resultado que nunca será igual.
Y para terminar, incluso después del postre, un punto final que no dejará indiferente a nadie. Porque de cada lugar nos llevamos una sensación. Y es con ella con la que seguimos viajando y seguimos viviendo. Es con ella con la que volvemos. Pero sobre todo es ella quien nos acompañará el resto de nuestros viajes, el resto de nuestra vida.
Un viaje es una experiencia única. Así que solo nos queda aprovechar, disfrutar y, finalmente, recordar.
Arrivederci Torino!
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