sábado, 5 de noviembre de 2016

8 manos, 8 ojos, 4 sonrisas y 4 corazones.

"Estúpido es creer que el regalo está dentro del paquete; siempre, siempre, siempre son las manos que lo entregan."

Pero en realidad hoy no vengo a hablaros de regalos. O al menos no de regalos físicos, no de los que se entregan en paquetes. Hoy vengo más bien a hablaros de esas manos. De aquellas que se llenaron de toda la paciencia del mundo en tantas tardes en el patio de la ikastola; de todo el cariño del universo en cada abrazo; de toda la magia del planeta en cada comida; de toda la imaginación de la galaxia en cada historia. Hoy vengo a hablaros de unas manos que fueron, seguro, la primera de las visitas un 2 de julio en Txagorritxu, y que acudieron, puntuales, a cada una de las citas con sus nietas durante estos 19 años. No sé bien cómo de perdidos estaríais hasta ahora, pero me acabáis de pillar.

Hoy vengo a hablaros de 8 manos, 8 ojos, 4 sonrisas y 4 corazones. Y no, no es un temible monstruo precisamente...

Hoy vengo a hablaros de mis 4 abuelos, que son los 4 mayores tesoros que tengo, y por supuesto, siempre... El mejor regalo.

Ellos han sido durante estos 19 años los cuentos más tiernos y las anécdotas más divertidas. Su casa ha sido siempre la cama donde mejor se dormía y el lugar donde más rápido pasaban las horas. Su mano ha sido siempre la primera que ha estado tendida, antes incluso de llegar a pedirla. El apoyo que siempre estuvo en los momentos difíciles y los primeros en alegrarse con cada logro.

Ellos han sido tardes y tardes jugando, y escuchando, y aguantándonos con el mayor de los cariños por bandera. La más bonita de las ilusiones en cada encuentro, la mejor de las compañías durante cada pequeño o largo rato.

4 polos opuestos, 4 personalidades tan diferentes que, cada uno a su manera, consiguieron un mismo resultado: un amor incondicional por todos sus nietos.
Y mientras unos pasaban calor, los otros te subían la cremallera de la txamarra (me perdonaréis la palabra) hasta que, si tenías la suerte de que no te pillara la barbilla, la pobre cremallera acababa haciendo esfuerzos para no salirse de su sitio. Y mientras unos cantaban, los otros callaban. Con unos aprendías a saltar a la soga. Y los otros te veían quitarle los ruedines a la bici. Unos te llevaban a celebrar goles (o, no bueno, lo que se pudiera...) las tardes de domingo en Mendi y los otros a llenar la cesta de setas y descubrir los rincones que esconden los Pirineos.

Los paripés cada Navidad para que todo resultara tan real que a día de hoy aún sigo creyendo en esa magia. En la de la gente que te quiere, digo. Y es que hoy miro atrás y os veo. Y me veo a mí cada vez menos pequeña y cada día más afortunada, creciendo de la mano de unas personas que nunca dudaron en sacrificar su tiempo, regalarnos su paciencia y contagiarnos su ilusión.

Hay cosas que se ven, hay cosas que se saben, hay cosas que se sienten. La forma en que te cuidan, la forma en que te miran, la forma en que te quieren. Hay cosas que se transmiten y, aún sin palabras, llegan. Un sinfín de recuerdos de todos los colores que me remueven tanto por dentro que me cuesta hasta describir, mucho que aprendimos de ellos y una infinidad de momentos compartidos. 

Empezamos a crecer, y seguimos creciendo, y más, y más. Dejamos de necesitar alguien que nos vigilara, y empezamos a necesitar más tiempo para estudiar, y para hacer también otros planes. Las visitas empezaron a ser algo menos frecuentes pero incluso más apreciadas, porque sieeempre, siempre seréis la mejor de las compañías.

Aprendimos a delinquir en paseos por la cocina bajo las mejores instrucciones para hacer desaparecer el montón que estaba siendo preparado y también a disimular cuántas pastas de más nos habían dejado coger los abuelos; pero sobre todo, aprendimos a ser queridas... Y a querer.

Y es que no importa si estoy en Vitoria o en Pamplona, en Zaragoza o en cualquier parte del mundo, que Ricitos de Oro y la ardillita siempre me acompañarán de la mano de la imaginación de la abuela Isabel, con una bufanda hecha por la abuela Mariafer en una casetita construida por el abuelo José Antonio. ¿Y el abuelo Dani? Probablemente esté castigado en el pasillo haciéndole compañía a Gorrotxategi.

Para la mayoría de fieles lectores de estas páginas, probablemente se trate de un texto a medio entender, aunque seguro que os trae vuestros propios recuerdos, pero sé que quienes me interesa que de verdad lo entiendan, lo han hecho a la perfección.

P.D. Zaragoza este fin de semana ha tenido más aire de estar en casa que nunca, y aunque de allá os hayáis traído también la lluvia, a mí me ha llegado más el calor del cariño, que ese nunca falta.

Pero sobre todo, por todo, por estos años... GRACIAS, de todo corazón. 

MAITE ZAITUZTET.

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