viernes, 24 de noviembre de 2017

Llamémoslo el coste del aprendizaje

En la vida, yo voy y vuelvo. Porque siempre estoy buscando nuevos sitios a los que irme pero siempre, siempre, siempre, llevo billete de vuelta. 

Menos esta vez, en la que el billete no lo tenía, por mucho que yo pensara que sí. Al final acabé volviendo igualmente, aunque con la cartera algo más ligera y las ganas más bien justitas de volver a dormir en un aeropuerto. Llamémoslo el coste del aprendizaje. Pongámosle de apellido "somos tontos pero nos hicimos muy amigos". Al fin y al cabo también de eso se trataba este viaje, ¿no? De abrir fronteras y de mirar de puertas para afuera (pero por favor, lo pido de rodillas... Que no sea la 74), que para adentro ya estamos muy vistos. Aunque en realidad... ¿nos miramos bien de puertas para adentro? ¿O más bien nos queda aún un largo camino de complejos que dejar atrás? Pero bueno, a lo que íbamos, hablábamos de que se trataba de adentrarse en otro mundo y en este, nosotros entramos por la puerta grande.

Para los que no os hayáis enterado de la historia, os la resumo brevemente: Perdimos un avión, la dignidad y los billetes (en ambos sentidos), tuvimos que dormir en Barajas y tras muchas horas juntos y el nivel de confianza aumentando, iniciamos una semana en Nantes de lo más entretenida. Algún ligero percance más pero ya lo típico; pinchazo, flashazo, buses en sentido contrario... En fin, algo más convencional digamos. En cualquier caso, pasamos una gran semana y volvimos sanos y salvos, con una aventura más que contar y otra historia que añadir al repertorio.

En definitiva, nuevas experiencias, cultura y gente que uno se lleva consigo, como todo lo que vivimos. Buenos consejos e intercambio de experiencias, y una mochila cargada de nuevos amigos que me traje de vuelta a Zaragoza. Retos y soluciones a los problemas, risas y toda la filosofía que nos hizo falta (que, creedme, fue mucha) para superar cada desafío que aquella semana nos aguardaba. No salió como estaba planeado, no nos vamos a engañar tampoco, pero como no hay mal que por bien no venga, aprendimos de la experiencia y seguimos caminando juntos. Hay una frase que le gusta mucho a mi hermana y dice así: "Subraya el error y sigue escribiendo". Lección aprendida: no volveremos a perder un avión. Ni volveremos a viajar con Antunez, que es una mala idea. Y después, a seguir escribiendo.

Porque seguiremos, seguiremos en viajes y en aventuras, en retos y en anécdotas y sobre todo, seguiremos buscando y recibiendo con los brazos abiertos tantas y tantas experiencias que aún nos quedan por vivir. Seguiremos comiéndonos los kilómetros, sobrevolándolos (o a lo mejor sobrellevándolos). Seguiremos hablando sobre ellas, contándolas o guardándonoslas, y lo haremos con una sonrisa. Y que venga lo que tenga que venir.

La vida es un constante aprendizaje y esto... No ha hecho más que empezar.

Quiero dejaros hoy con una parte de un texto que publiqué hace unas semanas y que algunos puede que hayáis leído ya, pero me viene como anillo al dedo para esta ocasión. Y dice así...

"Siempre buscando nuevas excusas para seguir cogiendo buses, trenes y aviones, navegando en kilómetros y viviendo nuevos viajes que guardar por mucho tiempo aquí, en el pecho izquierdo. Nuevas aventuras y lugares, nueva gente y otros tantos viejos conocidos.

En seguir avanzando y moviéndose, y yendo y volviendo, y fluyendo. En eso, supongo, consiste la vida. O al menos así intento yo vivirla.

Vida. Pequeña traviesa que a veces tengo la sensación de que quiere escaparse, es más, que se escapa, y yo que ando como loca detrás de ella. Muchas horas en el camino y otras muchas en el destino, que el ritmo no pare, que no pare la fiesta, que la vida no se detenga y que, como loca, siga entendiendo su no parar, su ritmo, su andar. Y seguir acompañándola en el camino."

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