Foto: Iranzu López de Armentia Osés
262 sueños en una carretera
¡Bienvenidos! Me llamo Leire. Quiso el destino que naciera y creciera en mi pequeña Vitoria-Gasteiz. Hace ya algunos años, un sueño y una vocación me llevarían a coger las maletas y empezar a perderme por las calles de Zaragoza. 262 son los kilómetros que separan estas dos ciudades, tan queridas e importantes para mí. Esta es mi historia. Todos mis pensamientos mientras recorría los 262 una y otra vez, la forma de expresar cómo siento todo, a flor de piel. Disfrutadlo.
jueves, 16 de abril de 2020
Tiempo para los tiempos que corren. 06/04/2020.
Foto: Iranzu López de Armentia Osés
viernes, 16 de agosto de 2019
Un océano y miles de kilómetros
domingo, 10 de febrero de 2019
Siempre nos quedará Paris.
Visita breve, escapada fugaz, lo suficiente para hacer un punto y seguido en la historia.
Y para todo ello...
sábado, 15 de diciembre de 2018
Lyon se ha incendiado.
Luz. Luz por aquí, por allá. En esta esquina y en aquella otra. Luz arriba y abajo.
Luz y sonido. Música acompañando al movimiento de la luz. Luz bajo color, luz en color, color sobre la luz.
Luz en un constante movimiento, acompañándole el ritmo a lo que está pasando, a lo que de hecho ya lleva 3 meses pasando. Punto de reflexión. Miro a derecha, después a la izquierda, y veo los edificios iluminándose sobre unos ojos sin los cuales ya no me imagino este andar.
Lyon se ha incendiado los últimos 4 días. Ha prendido en luces, ha ardido en colores, ha tocado el cielo y nos ha hecho perdernos bajo él a nosotros.
Lyon nos ha hecho mirar al suelo y a las estrellas. Nos ha hecho mirar, simplemente. Pararnos a mirar. Pararnos a perdernos en sus calles, a hacer danzar nuestros ojos en sus muros, a sentirnos pequeños en un sitio grande. También grandes en un sitio pequeño.
Lyon ha brillado sobre nuestros ojos y ha hecho nuestros ojos brillar, nuestros sentidos levitar.
Y así, Lyon ha acogido otro año más su Fête de Lumières, iluminándonos a todos con ella, ilusionándonos el camino.
Pequeña pausa para Navidades en este Erasmus para volar la vista atrás. Volvemos pronto para bailar al ritmo de su canción y seguir dándole a este año mucho pero que mucho color.
📸: Anne Schwarzer (@_pxlmix)
lunes, 3 de diciembre de 2018
Siempre otro clic.
domingo, 21 de octubre de 2018
¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte?
“¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ¿Se muere el amor? ¿O se enamora la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte. "
Sea cual sea el desenlace de este cruce, seguro que es una dura batalla campal.
"Enemigo analizado. Objetivo definido. Todos a sus puestos. Cojan sus armas y... ¡A por ellos!"
Y a partir de ahí, la más sanguinolenta batalla, sea cual sea el final. Los dos rivales más fuertes, las dos estrategias más eficaces, los soldados más valienietes y el objetivo más ambicioso. ¿El premio? Quién sabe. Absolutamente todo, quizá. Completamente nada, tal vez.
Hagan sus apuestas... ¿El amor? La muerte?"
Qué dos antónimos, ¡menuda contradicción en una misma frase! Qué dos polos opuestos. Qué norte y qué sur. Fuego y agua, tierra y mar. Son tormenta y calma, hasta acabar en calma y tormenta. El uno por el otro, el otro por el uno. Primavera y verano. Dolor y alivio. Enfermedad y cura. Son amanecer y anochecer, naufragio y salvavidas. Negro y blanco. Quizá rojo también. Son dos versos sueltos, dos direcciones opuestas que, en algún momento en esta vida, siempre acaban cruzándose.
Y es ahí, precisamente ahí, donde empieza la temible batalla.
No creo que el amor siempre gane, ante todo, pero si hay algo que pueda con las cosas, incluso con la muerte, ese es, sin duda, el amor.
Hablo no solo del amor hacia otra persona sino también del amor hacia uno mismo, incluso del amor por la vida... La fuerza del último paso, el suspiro del último aliento, el desafío del último latido. El sentimiento del último beso. El billete de regreso.
Solo es el amor lo suficientemente valiente para desafiar cada obstáculo, el único capaz de dar un paso más allá de la raya. Pero vamos a ver... ¿qué raya? La del orgullo, quizá. La de la propia vida, tal vez.
No todas las historias tienen siempre un final feliz. También las hay que acaban. O sea que final tienen... O quizá solo tienen la eternidad por delante. En cualquier caso no es ese final de ensueño.
A veces se muere el amor. A veces se apagan los sueños, a veces se rinden las metas, a veces llega el olvido y hay ocasiones en las que la distancia puede con todo lo demás. A veces, incluso, se pierde la vida. También la de los seres más queridos. A veces gana la muerte, pero hasta en estos casos, tiene el amor una oportunidad de desafiarle por última vez. Porque solo muere quien se olvida. Y cuando se quiere a alguien de verdad, jamás se olvida.
Así que en realidad, quizá el amor nunca muere. Quizá solo se olvida. Quizá solo nosotros podemos matar al amor y solo nosotros enamorarnos de la muerte. O enamorar a la muerte, seducirla, engañarla hasta ponerla de nuestra parte y no permitir que se salga nunca con la suya.
A veces, sin embargo, es el propio amor quien nos mata. Es el propio amor quien nos enreda, quien nos engaña, quien nos tapa los ojos y nos vuelve ciegos ante todo.
Hay veces en las que el amor duele y nos elige a nosotros como enemigo de batalla. "Pero vamos a ver... ¡¿Yo a ti que te he hecho?!" Nada, seguramente. ¿Se aburre? ¿Se divierte? ¿O también sufre él?
Lo peor es, encima, nunca saber por dónde vendrán los golpes. No tienen dirección, y mucho menos explicación, así que jamás sabrás cuál de todas sus caras será la próxima en atacar. O quizá lo peor de tener al amor como rival es que somos nosotros mismos el propio enemigo. Y eso sí que es, inevitablemente, sinónimo de destrucción.
"Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres. Porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren"
Joaquín Sabina
jueves, 6 de septiembre de 2018
Nueva partida.
Subimos al bus. 10:30.
Nos caen algunas lágrimas por culpa de un auricular compartido.
Pisamos tierra. 13:30
Comenzamos a andar.
Llegamos, comemos, estamos perdidas.
Los pasillos de aquel lugar se antojan interminables.
Salimos a andar. Estamos perdidas.
¿Cuánto tiempo hemos de aguantar aquí? Joder, estamos perdidas.
Hola.
Pero y tú, ¿quién eres? ¿Qué haces aquí?
Qué majas estas chicas.
Cierro los ojos. Y ahí, comenzamos a andar.
Y nos subimos a una montaña rusa en la que subiremos y bajaremos, y recogeremos a mucha gente en el camino. Y nos adentramos en un mundo de risas y llantos, de aventuras, de personas mágicas, de calor, de amor, de dolor. Y empezamos, poco a poco y no sin miedo, a recorrer 3 años que pronto nos invaden y nos conquistan, y nos llevan, y hacen que nos dejemos llevar.
Me subo al coche. No sé qué hora es ni me importa.
Toca comenzar a andar de nuevo. Toca un camino nuevo.
Y mientras tanto, vosotras seguid andando, con ese ritmo, con esa alegría, con ese color. Con ese calor. Interno. Yo os indico dónde tenéis que recogerme y seguimos el camino. Y que me sigáis regalando los mejores momentos. Ya no estamos perdidas. Tampoco estamos perdiendo. Yo os reto a una nueva partida. Porque este juego ya es nuestro.
Releo ahora un regalo de allá por junio titulado “Zaragoza sin ti...” sin poder contener las lágrimas. Y la pregunta es... ¿Y yo sin Zaragoza? ¿Y mi vida sin vosotras? Difícil imaginarlo y, sin embargo, aquí estamos, tan lejos que... os siento muy cerca.
Hasta pronto Zaragoza. Y, sobre todo, cuídamelas mucho.
<<Tal como abanderas la frase de Galeano “para qué escribe uno si no es para juntar nuestros pedazos”, en este caso, nosotras, te escribimos para juntar nuestros pedazos, que no son más que sentimientos y recuerdos de nuestra vida en común.
Porque tal como dices en uno de tus escritos, la distancia es aprender que no estarás físicamente en tantas ocasiones pero tampoco faltarás jamás. >>
Zaragoza sin ti.
