jueves, 16 de abril de 2020

Tiempo para los tiempos que corren. 06/04/2020.

Llevaba mucho tiempo sin pasarme por aquí y, en realidad, he de reconocer que no entraba entre mis planes desempolvarlo todavía. Pero este texto, escrito hace unos días, acabó cayendo en manos de una personita muy especial para mí y me propuso que le dejara ver la luz. Ella, como muchas otras familias, no está pasando por sus mejores tiempos a causa de esta pandemia. Este texto es para todos, para todos nosotros, sea cual sea la situación que estamos viviendo estos días, porque todos merecemos cuidarnos. Mucho ánimo y un abrazo fuerte.

06/04/2020

“La vida no para. Ni siquiera en cuarentena. 

El tiempo no espera, tampoco se esconde. No cambia el paso, ni el rumbo. No retrocede, no dubita, no lo piensa. El tiempo sigue, exactamente igual que hasta ahora. Los segundos, minutos y horas tienen la misma duración de siempre, aunque ahora nos parezcan muy diferentes a lo habitual. 

Siempre me ha producido cierta admiración esta objetividad y subjetividad del tiempo a partes iguales. La ambigüedad de un segundo. Cómo podemos tener una percepción tan distinta de algo que sabemos, a ciencia cierta, que nunca cambia. 

Me parece un buen ejemplo para entender los sentimientos de las personas y su relatividad también. Si somos capaces de sentir de formas tan diferentes algo tan absoluto como es el tiempo (incluso nosotros mismos, en distintos momentos), ¿cómo no va a ocurrir lo mismo con los sentimientos, tratándose de algo tan relativo? 

Hay veces que nos olvidamos de ello. Yo también. Que tomamos por absoluto nuestra forma de ver las cosas, nuestras sensaciones, según el momento en el que nosotros estemos. Sin embargo, nunca interpretaremos igual unas palabras si llegan en un momento en el que nos sentimos felices que si se trata de un momento en el que estemos tristes, o enfadados, o frustrados. Y es que las sensaciones son una compleja mezcla del medio exterior que nos rodea y de nuestro medio interior. 

Seguro que todos hemos escuchado aquello de “las palabras se las lleva el viento” y eso de “alguien nunca olvidará la forma en la que los hiciste sentir”. Tan típicas como ciertas. Habrá pocas conversaciones que vayan a acompañarte a lo largo de tu vida. Pocas palabras que vayas a recordar al pie de la letra. Y, sin embargo, podrías repasar una infinidad de momentos e ir reviviendo una y otra vez lo que estos te hicieron sentir. Podrías resumir tu vida y tantas épocas pasadas en una auténtica montaña rusa de sensaciones. Difícilmente conseguirás describir esa explosión interior con palabras pero, sin embargo, serías capaz de volver a sentir todo ello a flor de piel. 

Ahora también vivimos en una montaña rusa de emociones, en una secuencia constante de pensamientos positivos y negativos. En estos días todo se magnifica, no tenemos vía de escape a nuestros propios pensamientos. No hay excusa, no hay aire fresco, y la única forma de disiparlos es hacerlo dentro de uno mismo, de puertas para dentro (y nunca mejor dicho). 

Es por eso que la gestión emocional de estos días se antoja especialmente complicada. Es por eso que necesitamos cuidarnos más que nunca. Darnos el tiempo necesario. Relativizar, entender que lo más importante es nuestra salud; no solo física sino también mental. Debemos asumirnos, admitirnos a nosotros mismos. No negarnos. Sentir, dejar sentir, dejar que fluya. 

Nos hemos acostumbrado increíblemente a reprimirnos a nosotros mismos. A intentar ignorarnos a la espera de que las voces de nuestra cabeza callen. A hacer oídos sordos a los gritos de auxilio que nuestro propio interior lanza. 

Nos hemos acostumbrado a vivir a contrarreloj, a que solo importe conseguir llegar a tiempo a nuestro próximo objetivo del día. A correr de una reunión a otra. A que toda productividad sea insuficiente, a que siempre se pueda dar “un poco más”. Y no digo que la solución sea pararlo todo radicalmente, pero a lo mejor sí que pasa por bajar un poco el ritmo. Y que lo diga yo… Tiene delito. Pero bueno, hacer un par de cosas menos y disfrutarlas todas ellas un par de veces más. Solo eso. 

Y sobre todo, dejar que nuestro propio cuerpo nos dicte. Escucharnos un poquito más. Exigirnos un poquito menos. Un poquito. Solo eso. 

Acostumbrarnos a entendernos. A vivirnos. A identificar nuestros propios sentimientos, a asumirlos. A convivir con ellos cuando esto nos suponga un beneficio y a trabajar con ellos cuando nos hagan daño. 

Ahora es más necesario que nunca. Ahora que no podemos huir de ellos, que no podemos darles la espalda, es a lo mejor un buen momento para plantear una charlita con ellos. “Sentaros, tenemos que hablar”. Necesitamos un tiempo para nosotros mismos. Quién sabe, pueden ser 5 minutos, o 3 días. Pero si nos auto-escuchamos, será nuestro propio cuerpo el que nos lo marque. 

Y el tiempo volverá a ser tan absoluto como relativo. Seguirá siéndolo. No va a parar. Y tenemos una sola oportunidad para vivirlo."




Foto: Iranzu López de Armentia Osés


 



viernes, 16 de agosto de 2019

Un océano y miles de kilómetros

Empezaré justificándome diciendo que sé que diga lo que diga me quedaré corta. Cómo no quedarse corta cuando alguien ha sido TODO en tu vida. Cómo explicar lo que es todo. Desde cada mañana de crêpes hasta cada noche de cervezas. Y todo lo que hay en medio, entre tanto, antes y después. 

Recuerdo aquel primer fin de semana juntas. Aquella primera escapada. La primera cena. Hablar, hablar, hablar y pensar: cómo coño alguien que viene del otro lado del charco puede pensar tan parecido a mí. Cómo coño es posible que nos entendamos tan bien sin ni siquiera conocernos.

Pasaron los días, las semanas, los findes, los viajes, y esa primera idea solo pudo verse cada vez más reforzada. Empezamos a conocernos de verdad, a saber cómo éramos la una y la otra. Y en mi cabeza no podía dejar de preguntarme cómo coño podíamos girar sobre el mismo eje de forma distinta y, sin embargo, al mismo compás. 

Fui dándome cuenta de todos tus hábitos, de tu forma de hacer las cosas, tus fases, tus pensamientos. Hasta el punto de mirarte y poder saber qué era lo que se te pasaba por la cabeza. Hasta el punto de anticipar muchas de las cosas que estabas a punto de hacer.

“Pero yo cuando me como los restos del pimiento es porque quiero eh”. Mirarla. Mirarte. Hace tiempo que eso lo sé. 

Fuiste conociéndome tú también, viendo mi forma de hacer las cosas, de sentirlas. Horas y horas hablándote sobre todo, dándote explicaciones más que innecesarias porque sabías de sobra todo lo que te iba contando. Pero yo necesitaba decirlo. Y tú, eso también lo sabías, así que me dejabas hacerlo. 

Un año después de que todo empezara, eres una parte de mí. Eres mi pierna derecha cuando me falla la izquierda, y viceversa. Eres parte de mi cabeza, parte de mi mirada y, sobre todo, parte de mi corazón. Eres ya parte de mi familia y sabes que aquí, en Vitoria, tienes una que siempre te recibirá con los brazos abiertos. 

Un año más tarde eres parte de mi huracán. Soy difícil de cambiar y bastante terca cuando quiero, pero tú sabes hacerme parar y pasar, pensar y destensar. Seguiré siendo un torbellino de palabras, pero sé que siempre estarás al final de estas con los brazos abiertos. Y fundirnos en un abrazo. 

Y, tras un año entero siendo uña y carne, siendo bailes, siendo risas, enfados, disgustos, lágrimas, comidas (sobre todo esto), kilómetros, viajes y cafés, tras un año entero siéndolo todo en mi vida, es momento de que cada una tome un camino distinto. 

Te diría que espero que todo te vaya bien, pero sé de primera mano que así será. He conocido todas las armas que guardas ahí dentro y sé que siempre, ante cualquier cosa, sabrás salir adelante. Que no habrá nada capaz de pararte, nadie que pueda impedirte alcanzar todas y cada una de las cimas con las que sueñas.

Eres familia.
Eres hogar.
Eres lágrima y sonrisa. 
Eres todo lo « tú » que yo puedo ser y todo lo « yo » que tú puedes ser. 

Y después de todo, solo puedo decirte GRACIAS. Por acompañarme en este camino y no soltarme nunca la mano. 

Por primera vez en muchos meses, nos separan un océano y miles de kilómetros. Habrá que aprender a vivir con agua de por medio. Pero el agua es vida y tú, ya eres parte de la mía. Y, por favor, prométeme que volveremos a fundirnos en un abrazo pronto. 

Je t’aime de ouf et tu sais... jpp avec toi. Tu vas finalment dormir tranquille la nuit. 💘







domingo, 10 de febrero de 2019

Siempre nos quedará Paris.

Fin de semana libre. Una dura semana por detrás, otra por delante. Ganas de salir, de despejarse, de seguir pintando de distintos colores el camino. 

Tenemos el tiempo.
Una compañía inmejorable.
Y como destino... Paris.

Visita breve, escapada fugaz, lo suficiente para hacer un punto y seguido en la historia. 

Perderse en sus calles, perderla en palabras. Disfrutar de unos claros en el cielo tras la lluvia. Calma después de la tormenta. Recorrer todos los kilómetros que nuestras piernas eran capaces de aguantar en las pocas horas que teníamos. Aprovechar al máximo, como siempre. Pasear al lado del Sena, disfrutar de las alturas desde la Torre Eiffel, saborear los grandes manjares de la cocina francesa, admirar Notre Dame y callejear los barrios más emblemáticos. Y por supuesto... hacerlo todo entre tonterías, música interior y alegria exterior. Acompañar cada paso con una risa, en eso consistía el día. 

Fin de semana para conocer gente nueva e increíble, para demostrar que la confianza no siempre es cuestión de tiempo. Nuevas experiencias que Couchsurfing nos ofrece.

Y sobre todo fin de semana para seguir disfrutando de una persona que no ha dejado de marcar mi vida desde que llegó a ella. Que ha estado en cada segundo, que ha sido mi mejor cómplice en cada tontería y mi mayor apoyo en cada momento difícil. Alguien con quien no solo comparto piso sino vida, y la alegría de vivirla. Ojalá pueda seguir recorriendo el mundo al ritmo de tus pasos. Y seguir comiendo, cada viaje. Comiéndonos cada viaje, de hecho. Comiéndonos el mundo.

Y para todo ello... 

Siempre nos quedará Paris.


sábado, 15 de diciembre de 2018

Lyon se ha incendiado.

Luz. Luz por aquí, por allá. En esta esquina y en aquella otra. Luz arriba y abajo. 


Luz y sonido. Música acompañando al movimiento de la luz. Luz bajo color, luz en color, color sobre la luz. 


Luz en un constante movimiento, acompañándole el ritmo a lo que está pasando, a lo que de hecho ya lleva 3 meses pasando. Punto de reflexión. Miro a derecha, después a la izquierda, y veo los edificios iluminándose sobre unos ojos sin los cuales ya no me imagino este andar. 


Lyon se ha incendiado los últimos 4 días. Ha prendido en luces, ha ardido en colores, ha tocado el cielo y nos ha hecho perdernos bajo él a nosotros. 


Lyon nos ha hecho mirar al suelo y a las estrellas. Nos ha hecho mirar, simplemente. Pararnos a mirar. Pararnos a perdernos en sus calles, a hacer danzar nuestros ojos en sus muros, a sentirnos pequeños en un sitio grande. También grandes en un sitio pequeño. 




Lyon ha brillado sobre nuestros ojos y ha hecho nuestros ojos brillar, nuestros sentidos levitar. 





Lyon se ha disfrazado de mago, de ilusionista, de pintor, de músico.También de poeta. Nos ha recitado en cada una de estas baldosas el poema de nuestra vida. La que pisamos sobre ellas. La que andamos al correr de sus luces. 


Y así, Lyon ha acogido otro año más su Fête de Lumières, iluminándonos a todos con ella, ilusionándonos el camino.


Pequeña pausa para Navidades en este Erasmus para volar la vista atrás. Volvemos pronto para bailar al ritmo de su  canción y seguir dándole a este año mucho pero que mucho color.


📸: Anne Schwarzer (@_pxlmix)




lunes, 3 de diciembre de 2018

Siempre otro clic.

Nunca hay dos viajes iguales. Siempre hay algo que cambia. Otro clic.

E incluso aunque se trate del mismo destino, siempre hay otra forma de mirar cada rincón, otro punto de vista del que disfrutar de cada esquina. Siempre hay otro enfoque, otra visión, otro color distinto para cada calle. 

Este finde nos ha tocado el gris en el cielo, así que hemos decidido pintarlo nosotras mismas de los colores que se nos ha ido ocurriendo. Hemos reído todas las calles de Turín, hemos doblado todas sus esquinas, hemos pisado cada punto clave en el mapa. Y hemos seguido andando y bailando el recorrido, encontrando en cada lugar un tesoro que nosotras mismas estábamos construyendo: la propia alegría de estar juntas, de hacer juntas el camino, de pintar juntas el destino. Sea cual sea. Hemos descubierto Turín mientras seguíamos descubriéndonos las unas a las otras. Disfrutar a cada paso viendo cómo tantas formas tan distintas de ser se complementaban perfectamente en un mismo escenario. Conocer los pequeños detalles de cada una y alegrarme al ver cómo formamos parte de un engranaje que ya no va a parar.

Nunca hay dos viajes iguales. Siempre hay otro destino. Y si el destino es el mismo, siempre es con otra compañía. E incluso aunque la compañía sea distinta, siempre hay otro planteamiento. E incluso si en algún remoto caso todo se hubiera hecho girar de la misma forma, siempre hay, al menos, otro contratiempo. Siempre algo pasa. No existen los viajes perfectos, nunca todo sale a la primera y no existen las decisiones absolutas. Siempre queda la duda y la variación y, por supuesto, siempre queda algo por ver. Siempre hay que dejarse algo para tener una pequeña excusa para volver. Y volver a hacerlo todo distinto. 

Volver a recorrer las mismas calles.
Volver a pisar la misma baldosa.
Volverle a sacarle foto al mismo lugar. 

Y darte cuenta de que aquella señora de la primera foto no está allí, que aquel músico ya no toca y que esta vez las nubes tienen una forma distinta. 

Un destino. 
Una forma de ir.
Y la gente que te acompaña.

Son tres piezas clave en cualquiera nueva aventura. Una combinación de todas ellas que siempre se antojará distinta. Mismos ingredientes para un resultado que nunca será igual. 

Y para terminar, incluso después del postre, un punto final que no dejará indiferente a nadie. Porque de cada lugar nos llevamos una sensación. Y es con ella con la que seguimos viajando y seguimos viviendo. Es con ella con la que volvemos. Pero sobre todo es ella quien nos acompañará el resto de nuestros viajes, el resto de nuestra vida. 

Un viaje es una experiencia única. Así que solo nos queda aprovechar, disfrutar y, finalmente, recordar. 

Arrivederci Torino!


domingo, 21 de octubre de 2018

¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte?

“¿Qué pasa cuando se abrazan el amor y la muerte? ¿Se muere el amor? ¿O se enamora la muerte? Tal vez la muerte moriría enamorada y el amor amaría hasta la muerte. "

Sea cual sea el desenlace de este cruce, seguro que es una dura batalla campal. 

"Enemigo analizado. Objetivo definido. Todos a sus puestos. Cojan sus armas y... ¡A por ellos!"

Y a partir de ahí, la más sanguinolenta batalla, sea cual sea el final. Los dos rivales más fuertes, las dos estrategias más eficaces, los soldados más valienietes y el objetivo más ambicioso. ¿El premio? Quién sabe. Absolutamente todo, quizá. Completamente nada, tal vez.

Hagan sus apuestas... ¿El amor? La muerte?"

Qué dos antónimos, ¡menuda contradicción en una misma frase! Qué dos polos opuestos. Qué norte y qué sur. Fuego y agua, tierra y mar. Son tormenta y calma, hasta acabar en calma y tormenta. El uno por el otro, el otro por el uno. Primavera y verano. Dolor y alivio. Enfermedad y cura. Son amanecer y anochecer, naufragio y salvavidas. Negro y blanco. Quizá rojo también. Son dos versos sueltos, dos direcciones opuestas que, en algún momento en esta vida, siempre acaban cruzándose. 

Y es ahí, precisamente ahí, donde empieza la temible batalla.

No creo que el amor siempre gane, ante todo, pero si hay algo que pueda con las cosas, incluso con la muerte, ese es, sin duda, el amor. 

Hablo no solo del amor hacia otra persona sino también del amor hacia uno mismo, incluso del amor por la vida... La fuerza del último paso, el suspiro del último aliento, el desafío del último latido. El sentimiento del último beso. El billete de regreso. 

Solo es el amor lo suficientemente valiente para desafiar cada obstáculo, el único capaz de dar un paso más allá de la raya. Pero vamos a ver... ¿qué raya? La del orgullo, quizá. La de la propia vida, tal vez. 

No todas las historias tienen siempre un final feliz. También las hay que acaban.  O sea que final tienen... O quizá solo tienen la eternidad por delante. En cualquier caso no es ese final de ensueño.

A veces se muere el amor. A veces se apagan los sueños, a veces se rinden las metas, a veces llega el olvido y hay ocasiones en las que la distancia puede con todo lo demás. A veces, incluso, se pierde la vida. También la de los seres más queridos. A veces gana la muerte, pero hasta en estos casos, tiene el amor una oportunidad de desafiarle por última vez. Porque solo muere quien se olvida. Y cuando se quiere a alguien de verdad, jamás se olvida.

Así que en realidad, quizá el amor nunca muere. Quizá solo se olvida. Quizá solo nosotros podemos matar al amor y solo nosotros enamorarnos de la muerte. O enamorar a la muerte, seducirla, engañarla hasta ponerla de nuestra parte y no permitir que se salga nunca con la suya. 

A veces, sin embargo, es el propio amor quien nos mata. Es el propio amor quien nos enreda, quien nos engaña, quien nos tapa los ojos y nos vuelve ciegos ante todo. 

Hay veces en las que el amor duele y nos elige a nosotros como enemigo de batalla. "Pero vamos a ver... ¡¿Yo a ti que te he hecho?!" Nada, seguramente. ¿Se aburre? ¿Se divierte? ¿O también sufre él? 

Lo peor es, encima, nunca saber por dónde vendrán los golpes. No tienen dirección, y mucho menos explicación, así que jamás sabrás cuál de todas sus caras será la próxima en atacar. O quizá lo peor de tener al amor como rival es que somos nosotros mismos el propio enemigo. Y eso sí que es, inevitablemente, sinónimo de destrucción. 

"Y morirme contigo si te matas, y matarme contigo si te mueres. Porque el amor cuando no muere mata, y amores que matan nunca mueren" 
Joaquín Sabina

jueves, 6 de septiembre de 2018

Nueva partida.

Subimos al bus. 10:30.
Nos caen algunas lágrimas por culpa de un auricular compartido.
Pisamos tierra. 13:30

Comenzamos a andar.

Llegamos, comemos, estamos perdidas.
Los pasillos de aquel lugar se antojan interminables.
Salimos a andar. Estamos perdidas.
¿Cuánto tiempo hemos de aguantar aquí? Joder, estamos perdidas.

Hola.
Pero y tú, ¿quién eres? ¿Qué haces aquí?
Qué majas estas chicas.

Cierro los ojos. Y ahí, comenzamos a andar.

Y nos subimos a una montaña rusa en la que subiremos y bajaremos, y recogeremos a mucha gente en el camino. Y nos adentramos en un mundo de risas y llantos, de aventuras, de personas mágicas, de calor, de amor, de dolor. Y empezamos, poco a poco y no sin miedo, a recorrer 3 años que pronto nos invaden y nos conquistan, y nos llevan, y hacen que nos dejemos llevar.

Me subo al coche. No sé qué hora es ni me importa.

Toca comenzar a andar de nuevo. Toca un camino nuevo.

Y mientras tanto, vosotras seguid andando, con ese ritmo, con esa alegría, con ese color. Con ese calor. Interno. Yo os indico dónde tenéis que recogerme y seguimos el camino. Y que me sigáis regalando los mejores momentos. Ya no estamos perdidas. Tampoco estamos perdiendo. Yo os reto a una nueva partida. Porque este juego ya es nuestro.


Releo ahora un regalo de allá por junio titulado “Zaragoza sin ti...” sin poder contener las lágrimas. Y la pregunta es... ¿Y yo sin Zaragoza? ¿Y mi vida sin vosotras? Difícil imaginarlo y, sin embargo, aquí estamos, tan lejos que... os siento muy cerca. 


Hasta pronto Zaragoza. Y, sobre todo, cuídamelas mucho.


<<Tal como abanderas la frase de Galeano “para qué escribe uno si no es para juntar nuestros pedazos”, en este caso, nosotras, te escribimos para juntar nuestros pedazos, que no son más que sentimientos y recuerdos de nuestra vida en común. 

Porque tal como dices en uno de tus escritos, la distancia es aprender que no estarás físicamente en tantas ocasiones pero tampoco faltarás jamás. >>


Zaragoza sin ti.