Por qué sí. Y por qué no. Es más: por qué ahora sí y después no. Ahora no y después sí. ¿Por qué cambiamos? Porque... Verdaderamente, ¿cambiamos? Eterno debate: ¿La gente cambia?
Sí pero no. Pues vaya respuesta. Mójate un poco, ¿no?
La gente cambia, sí. La gente aprende, la gente madura. La vida nos cambia. Cada experiencia nos da nuevas herramientas y cada situación nos pone nuevos obstáculos. No podemos ser estáticos en un mundo constantemente cambiante. No podemos quedarnos quietos en un sitio cuando los pies nos piden que avancemos. Aprendemos a pintar con nuevos colores. Aprendemos a navegar mares desconocidos. Aprendemos cada día a interpretar la visión que el mundo nos ofrece.
Evidentemente, esa interpretación cambia con el tiempo. Pero es que si no es la misma visión... ¿Sería normal que no lo hiciera?
Somos plastilina moldeable y, como ella, somos capaces de cambiar de forma para adaptarnos. A lo que la vida nos pide, a lo que el corazón nos dicta, a lo que el dolor nos obliga. A lo que toque.
Se trata de cambiar. De entendernos cada vez un poco más. De aprendernos cada vez un paso más. De querernos cada día algo más. De escuchar a los demás, de redebatirnos día a día, de replantearnos todo una y otra vez.
Así que la gente cambia, sí. Sin embargo, no se reinventa del todo. Y a lo mejor es ahí donde está la clave de la pregunta. La plastilina nunca dejará de ser plastilina. Si un corazón no es puro, no lo será nunca y si las intenciones no son buenas, no lo serán nunca.
Lo que uno lleva dentro, lo llevará siempre. Lo bueno y lo malo. Las manzanas tienen dentro su corazón, la semilla de la vida. Pero hay manzanas podridas.
Se puede reeducar lo aprendido, pero no podrás cambiar el ser, el interior, el verdadero "yo" de cada uno.
"Y, francamente, hay corazones que no me atraen."
Mario Benedetti