No es fácil encontrar un lugar como aquel pequeño gran rincón de la Francia profunda. Atmósfera de total aislamiento del mundo exterior. Fue lo que sentí el primer año y lo que, por tercer año, vuelvo a notar. El ambiente. Siempre es el ambiente.
Ambiente que crea la gente, gente, gente... Un grupo de personas que se junta cada verano dispuestos a hacer de esa semana la mejor. Y aunque muchos ni siquiera vayan a ser capaces de entender esto, gente que ha vuelto a marcar mi verano. Lo han escrito con letras de todos los colores y con plumas de todos los tamaños y han marcado con huellas de todos los tipos estos días en medio de la nada francesa. Este pequeño rincón se trata, a fin de cuentas, de un poco de agua en medio del desierto, algo de cariño en un corazón desolado y, por supuesto, mucha vida en medio de la nada.
De nuevo tantos países unidos alrededor de una misma mesa, de nuevo tantos idiomas, tantas canciones, juegos y risas entendiéndose un poco en todos los idiomas que, al final, acaban uniéndose en una misma lengua. Un mapa lleno de chinchetas con toda una infinidad de historias detrás y un mismo desenlace: todos estamos aquí.
Unas pocas lágrimas en una emotiva despedida porque, como cada año, lo echaré de menos. Aunque supongo que no sé cuándo ni cómo pero acabaré volviendo. Siempre lo hago. Porque lo dije ya hace dos semanas, allá donde uno deja un trocito de corazón... Siempre vuelve.
Lo peor y a su vez lo mejor de irse fuera de casa es tener que volver. Siempre echamos de menos cosas de casa y, a su vez, cuando encontramos la gente, las vistas, las sensaciones o, quizá simplemente el bienestar, cuesta dejarlo atrás. Soy la nostalgia en persona. Un sentimiento me inunda cada jodida vez que tengo que dejar algo atrás y, sin embargo, me paso la vida haciendo nuevos planes, cogiendo nuevos trenes y, claro, por la misma regla de tres... Tomándolos de vuelta. Y dándole vueltas y más vueltas y aún más vueltas a la famosa nostalgia.
Se trata de ese no querer marchar. El sentimiento de saber que pronto estarás echándolo de menos. Pararse en la puerta por un segundo antes de salir. Fijar la mirada al letrerito con el nombre del lugar en la estación. Agitar la mano para ti mismo. Y esperar a que, en contra de tu voluntad, los motores comiencen a rugir, las ruedas a dar vueltas y ya... Lo que no haya sea vuelta atrás.
"Mi padre decía que hay que saber marcharse, y hoy entiendo lo que quiso explicarme; las personas se definen por su manera de quedarse, pero sobre todo por su forma de irse."
Leticia Sánchez
No se trata de no tener ganas de lo que viene, no. Se trata de no querer dejar de vivir lo que uno está sintiendo. El problema suele estar en que, por mucho que uno lo desee, por mucho que cierre los ojos y lo pida con todas sus fuerzas, no se puede estar en todos sitios. Me lo solía decir mi madre. Aún me lo dice cuando le vengo con la nostalgia de los últimos días antes de que algo acabe. Me conoce. Me quiere. Lo sé. "¡No se puede estar en misa y repicando las campanas!" A lo que yo contestaría "ya, ya lo sé, pero es que..." Pero es que a la vida, no hay peros que le valgan. Hará rugir los motores, sea cual sea el tiempo, el destino y la compañía. Lo hará sin ningún temor y... Sin vuelta atrás. Porque a fin de cuentas, lo único que no podremos recuperar es el tiempo. Siempre nos quedará volver, claro. En otro tiempo pero... Siempre nos quedará volver.
Y siempre nos permitirá colar alguna visitilla por allí. Nuevas excusas para seguir cogiendo buses, trenes y aviones, navegando en kilómetros y viviendo nuevos viajes que guardar por mucho tiempo. Nuevas aventuras y lugares, gente nueva y otros ya conocidos. En seguir avanzando y moviéndose y yendo y volviendo y fluyendo, supongo, consiste la vida. O al menos así intento yo vivirla.
Pequeña traviesa que a veces tengo la sensación de que quiere escaparse, es más, que se escapa, y yo que ando yo como loca detrás de ella. Muchas horas en el camino y otras muchas en el destino, que el ritmo no pare, que no pare la fiesta, que la vida no se detenga y que, como loca, siga entendiendo su no parar, su ritmo, su andar. Y seguir acompañándola en el camino.