domingo, 30 de julio de 2017

Que no pare la fiesta, que la vida no se detenga.

No es fácil encontrar un lugar como aquel pequeño gran rincón de la Francia profunda. Atmósfera de total aislamiento del mundo exterior. Fue lo que sentí el primer año y lo que, por tercer año, vuelvo a notar. El ambiente. Siempre es el ambiente.

Ambiente que crea la gente, gente, gente... Un grupo de personas que se junta cada verano dispuestos a hacer de esa semana la mejor. Y aunque muchos ni siquiera vayan a ser capaces de entender esto, gente que ha vuelto a marcar mi verano. Lo han escrito con letras de todos los colores y con plumas de todos los tamaños y han marcado con huellas de todos los tipos estos días en medio de la nada francesa. Este pequeño rincón se trata, a fin de cuentas, de un poco de agua en medio del desierto, algo de cariño en un corazón desolado y, por supuesto, mucha vida en medio de la nada.

De nuevo tantos países unidos alrededor de una misma mesa, de nuevo tantos idiomas, tantas canciones, juegos y risas entendiéndose un poco en todos los idiomas que, al final, acaban uniéndose en una misma lengua. Un mapa lleno de chinchetas con toda una infinidad de historias detrás y un mismo desenlace: todos estamos aquí.

Unas pocas lágrimas en una emotiva despedida porque, como cada año, lo echaré de menos. Aunque supongo que no sé cuándo ni cómo pero acabaré volviendo. Siempre lo hago. Porque lo dije ya hace dos semanas, allá donde uno deja un trocito de corazón... Siempre vuelve.

Lo peor y a su vez lo mejor de irse fuera de casa es tener que volver. Siempre echamos de menos cosas de casa y, a su vez, cuando encontramos la gente, las vistas, las sensaciones o, quizá simplemente el bienestar, cuesta dejarlo atrás. Soy la nostalgia en persona. Un sentimiento me inunda cada jodida vez que tengo que dejar algo atrás y, sin embargo, me paso la vida haciendo nuevos planes, cogiendo nuevos trenes y, claro, por la misma regla de tres... Tomándolos de vuelta. Y dándole vueltas y más vueltas y aún más vueltas a la famosa nostalgia.

Se trata de ese no querer marchar. El sentimiento de saber que pronto estarás echándolo de menos. Pararse en la puerta por un segundo antes de salir. Fijar la mirada al letrerito con el nombre del lugar en la estación. Agitar la mano para ti mismo. Y esperar a que, en contra de tu voluntad, los motores comiencen a rugir, las ruedas a dar vueltas y ya... Lo que no haya sea vuelta atrás.

"Mi padre decía que hay que saber marcharse, y hoy entiendo lo que quiso explicarme; las personas se definen por su manera de quedarse, pero sobre todo por su forma de irse."
Leticia Sánchez

No se trata de no tener ganas de lo que viene, no. Se trata de no querer dejar de vivir lo que uno está sintiendo. El problema suele estar en que, por mucho que uno lo desee, por mucho que cierre los ojos y lo pida con todas sus fuerzas, no se puede estar en todos sitios. Me lo solía decir mi madre. Aún me lo dice cuando le vengo con la nostalgia de los últimos días antes de que algo acabe. Me conoce. Me quiere. Lo sé. "¡No se puede estar en misa y repicando las campanas!" A lo que yo contestaría "ya, ya lo sé, pero es que..." Pero es que a la vida, no hay peros que le valgan. Hará rugir los motores, sea cual sea el tiempo, el destino y la compañía. Lo hará sin ningún temor y... Sin vuelta atrás. Porque a fin de cuentas, lo único que no podremos recuperar es el tiempo. Siempre nos quedará volver, claro. En otro tiempo pero... Siempre nos quedará volver.

Y siempre nos permitirá colar alguna visitilla por allí. Nuevas excusas para seguir cogiendo buses, trenes y aviones, navegando en kilómetros y viviendo nuevos viajes que guardar por mucho tiempo. Nuevas aventuras y lugares, gente nueva y otros ya conocidos. En seguir avanzando y moviéndose y yendo y volviendo y fluyendo, supongo, consiste la vida. O al menos así intento yo vivirla.

Pequeña traviesa que a veces tengo la sensación de que quiere escaparse, es más, que se escapa, y yo que ando yo como loca detrás de ella. Muchas horas en el camino y otras muchas en el destino, que el ritmo no pare, que no pare la fiesta, que la vida no se detenga y que, como loca, siga entendiendo su no parar, su ritmo, su andar. Y seguir acompañándola en el camino.

martes, 18 de julio de 2017

NA ZDRAVÍ! Por Praga, por este viaje, por nosotras.

Por fin llegó el tan ansiado 11 de julio, cogimos un avión, llegamos a una ciudad cuyo idioma parece inventado por el propio demonio y después... Nos enamoramos. Encontramos la magia. Supongo que como cada vez que uno coge una maleta, porque todo viaje implica magia en una u otra forma. Nunca iguales. Tampoco tan diferentes.

El caso es que, con Praga, nos enamoramos. Y es que la capital checa no es solo de esas ciudades que te agradan la vista, sino de aquellas que te conquistan el corazón, que, siempre son  las más bonitas, al margen de monumentos y grandes atracciones turísticas.

Y a pesar de las largas caminatas, aún los 7 días que siguieron a aquel 11 se nos hicieron cortos, y a pesar de los contratiempos, nosotras nos empeñamos en llevarle la contraria al tiempo en cada dirección, y a dirigir nuestros pies en sentido opuesto. Siempre. Se nos da muy bien ir en dirección contraria, de verdad, os lo juro. Pero al fin y al cabo... ¿Qué más da? Si todos los caminos llevan a Roma...

Aparecimos en Praga. Totalmente perdidas, sin saber muy bien si el aire nos venía de norte o sur, intentando quitarnos de encima como podíamos todos los freetours que nos intentaban vender nada más llegar al reloj. El famoso mítico gran reloj, que ya había dado comienzo a la cuenta atrás de las horas que pasaríamos en esta ciudad. Aunque tras sortear unos cuantos paraguas y a veces incluso un poquito mojadas por la lluvia, he de reconocer que en alguno que otro caímos. Toni, ¡nos la liaste! Mereció la pena, en cualquier caso. Y nos hablaron de muchas cosas pero la verdad es...

La verdad es que, en realidad, nadie habló. Nadie habló de los constantes planes que jamás cumpliríamos, de las vueltas sin sentido, de los mapas con calles de nombres impronunciables ni de los más tontos entretenimientos por la calle. Nadie habló de disfrutar de los rincones más escondidos, ni de reír a carcajada limpia en los lugares más concurridos. Nadie habló de hacer 300 fotos ni de dejarnos otras tantas por hacer. De recordar las estampas. Tampoco de perder trenes y rumbos, de encontrar destinos y, a lo mejor, convertir cada rincón que encontráramos en destino.

Nadie habló de los momentos disfrutados. Del sabor de la cerveza invadiendo el paladar, del gusto de cada plato que probamos. De comer y beber sí, de eso sí que no cabe duda cuando se trata de nosotras. Nadie habló de noches improvisadas, tours organizados (o (des)organizados) ni canciones bailadas. De amaneceres apresurados. Ni de anocheceres tranquilos.

Nadie habló de puentes ni ríos, ni de torres, tampoco de paisajes y luces. De descubrir planetas en colinas y colinas llenas de torres, que pronto haríamos nuestras.

Nadie habló de vías. De sonidos. De risas. De sonrisas. De sueños. Nadie habló, de verdad que nadie habló. O quizá sí, pero en cualquier caso no escuchamos y decidimos vivirlo nosotras mismas, buscar nortes y sures, calles y bocacalles, e intentar encontrar nuestro propio conejo de la suerte aunque este, en realidad, nunca se dignara a aparecer. Difícil de explicar, supongo, aún más complicado de entender, me imagino. Y es que un viaje solo se puede conocer viviéndolo, pateándolo, bromeándolo y, al fin y al cabo, disfrutándolo.

Podría contaros uno a uno todos los sitios que visitamos y en todos los bares donde nos paramos. Podría hablaros de dónde encontramos las mejores fotos y qué rincones convertimos en los favoritos, pero al fin y al cabo no serviría de nada porque todo viaje consiste en encontrar cada uno los suyos propios.

En cualquier caso,  Praga nos ha robado un trocito de corazón y bien sabemos que aquel lugar donde dejemos algo nuestro, siempre volverá a ser en algún momento destino. O final. Volveremos. No sé cuándo, cómo ni con quién, pero volveremos y recordaremos todas las veces que recorrimos sus incómodas baldosas con una sonrisa. Y es que no sé si será cierto eso de que buen viaje nunca acaba cerca, pero que aquel viaje en buena compañía siempre será un buen viaje, eso, os lo aseguro.

"Keep the past, live the present." Y tú, Praga, manténte tan bonita como hasta ahora, para aquel día que vengamos a buscar nuestro trocito de corazón perdido.

Brindemos. Por nosotras, por este viaje y, por supuesto, por Praga. NA ZDRAVÍ!!

domingo, 2 de julio de 2017

20 veces hasta la luna.

Llego tarde, ya lo veo. Sé que se me han pasado ya las 12 y que llego tarde. Como siempre, vaya. Pero llego, que es lo importante. Como siempre también, vaya.

Y llego con el corazón lleno de cariño y la boca llena de gracias. Llego con un día más que ayer y, de rebote, también un año más. Y ya van 20. Cambiamos de década, le damos la bienvenida al primer patito. Parece increíble, ¿verdad? ¡¡Cómo vuela el tiempo!! Cuántos días caben en esos 20. Cuántas horas, cuántos momentos, cuántos buenos y malos, cuántas historias y sobre todo, cuánto cariño. Y es aquí donde entro yo a daros las gracias.

Por el día de hoy, por supuesto, pero sobre todo por cada uno de estos 20 años que me habéis aguantado. Los que habéis estado desde el día 0, las que habéis crecido conmigo y los que os habéis incorporado más recientemente pero, en cualquier caso, todos aquellos que habéis estado incondicionalmente, pase lo que pase.

Gracias, de corazón, por todos los consejos. Por todas las recomendaciones tras las que, sin embargo, siempre me habéis dejado elegir mi propio camino. Y siempre me habéis ayudado a andarlo. Gracias por la confianza, por hacerme sentir que era capaz de tomar mis propias decisiones (desde elegir los calcetines para ponerme cuando era una enana hasta hoy en día). Y sobre todo, por no haber dudado nunca de ellas, por haberme dado las herramientas y haber aplaudido siempre el resultado, fuera cual fuera. Porque no hay nada más bonito que sentirte no solo acompañada sino muy bien acompañada en este camino. Por hacerme creer en mí misma, tan difícil a veces y, sin embargo, tan necesario. Me dais la fuerza para comerme el mundo entero.

Gracias, de corazón, por haber crecido conmigo. Por haberme dejado avanzar a mi ritmo y, sin embargo, haber marcado también mi avance. Por haber dado junto a mí los primeros pasos de cada aventura. Empezamos el camino con apenas 3 añitos y 17 más tarde, aquí seguimos, con las mismas miradas cómplices, las mismas risas y la misma confianza, después de haber abierto mil nuevas etapas y haber cerrado otras tantas. También, por supuesto, gracias a los que os fuisteis cruzando en mi camino en las etapas posteriores, a todos los que habéis ido formando parte de este baile.

Gracias, de corazón, a los que no habéis podido estar hoy aquí, porque habéis sido capaces de hacerme sentir muy muy muy querida incluso a muchos kilómetros de distancia. Y es que si algo he aprendido estos dos últimos años es que, por mucho que nos pese, la distancia siempre será algo con lo que tendremos que aprender a vivir, pero no hay nada más bonito que un abrazo en una tarde de reencuentro. Nunca podremos estar con todos los que querríamos a la vez. Ni siquiera verlos todo el tiempo que gustaría. Siempre nos "faltará" alguien, pero lo bonito también lo encontramos en ese preciso punto. En que nos falte. En que notemos su falta porque eso quiere decir que aún más notamos su presencia. Y es por ello que la echamos de menos. No hay nada más bonito que querer, haya los kilómetros que haya de por medio. Solo son motivos para recorrerlos.

Así que de corazón, GRACIAS, a todos los que, presentes o ausentes físicamente, estáis siempre presentes en mí. A los que habéis formado y, ante todo, formáis parte de estos 20 años. Podría hacer una lista interminable y escribiros un libro entero a cada uno pero, como comprenderéis, no me da el tiempo. Ni la tinta tampoco. Y es que quiero seguir gastándola en escribir muchos más momentos junto a todos vosotros. GRACIAS, por el cariño, porque mueve el mundo. Y el mío, desde luego, lo movéis todos vosotros. Hoy y... los 364 restantes. SWEET 20. Y sí, lo son, son muy dulces porque habéis conseguido endulzarlos entre todos. Durante cada día que los han compuesto.

Felices 20 a todos vosotros, por haberlos vivido conmigo. Gracias. De todo, todo, corazón. Dividido. Siempre. En kilómetros, en días y... en 20. 20 razones por las que seguir disfrutándoos cada día. El de hoy, desde luego, ha sido precioso. Y más bonito aún es saber que no será necesario un año entero para seguir sintiéndome la reina de la fiesta porque, al fin y al cabo, hacéis de mi vida una completa fiesta.

Os quiero. 20 veces hasta la luna y vuelta.