06/04/2020
“La vida no para. Ni siquiera en cuarentena.
El tiempo no espera, tampoco se esconde. No cambia el paso, ni el rumbo. No retrocede, no dubita, no lo piensa. El tiempo sigue, exactamente igual que hasta ahora. Los segundos, minutos y horas tienen la misma duración de siempre, aunque ahora nos parezcan muy diferentes a lo habitual.
Siempre me ha producido cierta admiración esta objetividad y subjetividad del tiempo a partes iguales. La ambigüedad de un segundo. Cómo podemos tener una percepción tan distinta de algo que sabemos, a ciencia cierta, que nunca cambia.
Me parece un buen ejemplo para entender los sentimientos de las personas y su relatividad también. Si somos capaces de sentir de formas tan diferentes algo tan absoluto como es el tiempo (incluso nosotros mismos, en distintos momentos), ¿cómo no va a ocurrir lo mismo con los sentimientos, tratándose de algo tan relativo?
Hay veces que nos olvidamos de ello. Yo también. Que tomamos por absoluto nuestra forma de ver las cosas, nuestras sensaciones, según el momento en el que nosotros estemos. Sin embargo, nunca interpretaremos igual unas palabras si llegan en un momento en el que nos sentimos felices que si se trata de un momento en el que estemos tristes, o enfadados, o frustrados. Y es que las sensaciones son una compleja mezcla del medio exterior que nos rodea y de nuestro medio interior.
Seguro que todos hemos escuchado aquello de “las palabras se las lleva el viento” y eso de “alguien nunca olvidará la forma en la que los hiciste sentir”. Tan típicas como ciertas. Habrá pocas conversaciones que vayan a acompañarte a lo largo de tu vida. Pocas palabras que vayas a recordar al pie de la letra. Y, sin embargo, podrías repasar una infinidad de momentos e ir reviviendo una y otra vez lo que estos te hicieron sentir. Podrías resumir tu vida y tantas épocas pasadas en una auténtica montaña rusa de sensaciones. Difícilmente conseguirás describir esa explosión interior con palabras pero, sin embargo, serías capaz de volver a sentir todo ello a flor de piel.
Ahora también vivimos en una montaña rusa de emociones, en una secuencia constante de pensamientos positivos y negativos. En estos días todo se magnifica, no tenemos vía de escape a nuestros propios pensamientos. No hay excusa, no hay aire fresco, y la única forma de disiparlos es hacerlo dentro de uno mismo, de puertas para dentro (y nunca mejor dicho).
Es por eso que la gestión emocional de estos días se antoja especialmente complicada.
Es por eso que necesitamos cuidarnos más que nunca. Darnos el tiempo necesario. Relativizar, entender que lo más importante es nuestra salud; no solo física sino también mental. Debemos asumirnos, admitirnos a nosotros mismos. No negarnos. Sentir, dejar sentir, dejar que fluya.
Nos hemos acostumbrado increíblemente a reprimirnos a nosotros mismos. A intentar ignorarnos a la espera de que las voces de nuestra cabeza callen. A hacer oídos sordos a los gritos de auxilio que nuestro propio interior lanza.
Nos hemos acostumbrado a vivir a contrarreloj, a que solo importe conseguir llegar a tiempo a nuestro próximo objetivo del día. A correr de una reunión a otra. A que toda productividad sea insuficiente, a que siempre se pueda dar “un poco más”. Y no digo que la solución sea pararlo todo radicalmente, pero a lo mejor sí que pasa por bajar un poco el ritmo. Y que lo diga yo… Tiene delito. Pero bueno, hacer un par de cosas menos y disfrutarlas todas ellas un par de veces más. Solo eso.
Y sobre todo, dejar que nuestro propio cuerpo nos dicte. Escucharnos un poquito más. Exigirnos un poquito menos. Un poquito. Solo eso.
Acostumbrarnos a entendernos. A vivirnos. A identificar nuestros propios sentimientos, a asumirlos. A convivir con ellos cuando esto nos suponga un beneficio y a trabajar con ellos cuando nos hagan daño.
Ahora es más necesario que nunca. Ahora que no podemos huir de ellos, que no podemos darles la espalda, es a lo mejor un buen momento para plantear una charlita con ellos. “Sentaros, tenemos que hablar”. Necesitamos un tiempo para nosotros mismos. Quién sabe, pueden ser 5 minutos, o 3 días. Pero si nos auto-escuchamos, será nuestro propio cuerpo el que nos lo marque.
Y el tiempo volverá a ser tan absoluto como relativo. Seguirá siéndolo. No va a parar. Y tenemos una sola oportunidad para vivirlo."
Foto: Iranzu López de Armentia Osés