domingo, 8 de abril de 2018

¿Vacío o lleno?

¿Qué ocurre cuando alguien se va? ¿Qué es lo que deja? ¿Deja vacío o lleno? ¿Es todo lo que se va o todo lo que se queda? Hay muchas formas de irse. Muchas situaciones. Muchas circunstancias. Algunas obligadas, otras voluntarias. Algunas temporales, otras para siempre.

Hay quien odia las despedidas. Quien no soporta ese sabor de "último" a todo, el momento en el que alguien se va y tú tienes que quedarte.

Hay quien, sin embargo, necesita despedirse. Necesita ese último "cuídate", ese "te quiero" final. Recordarle todo lo que ya sabe. Asegurarse de que no se le olvidará.

Al final llega. Llega el momento. Sin importar si hemos deseado mil y una vez que nunca llegara o si lo esperábamos con todas nuestras fuerzas, siempre llega. Y el viaje comienza, y lo dejamos todo atrás. Se queda el recuerdo. Y la ausencia. Calma y revolución interior. No pero sí. Sí pero no. Y en ese lugar, queda todo lo que alguien fue alguna vez. Queda todo lo que dijo, todo lo que lloró, todo lo que pensó. Pero a su vez nada. Ausencia. Silencio.

Y por eso los recuerdos. Son ellos los culpables y también nuestro único salvavidas. Quienes más nos obligarán a echar de menos y los únicos a los que aferrarnos para sentirnos completos por dentro. Vacíos también. Somos recuerdos y sentimientos. Que pasamos por lugares, por tiempos y por espacios. Pero pensamientos al fin y al cabo.  Tan real como irreal. Tan presente como pasado.

En unos meses me toca andar un paso más allá. Irme unos kilómetros más lejos. Comenzar una nueva aventura, esta vez temporal y, por suerte, feliz a priori. También quedarán mis recuerdos. También quedaré yo. Y en esta ocasión no será necesario que nadie me lo recuerde. Nadie tendré que asegurarse de que volveré. Porque os lo aseguro yo. Volveré con los brazos abiertos para caerme en todos los de aquellos que me quieren y seguir construyendo recuerdos.

"Te llamarás silencio en adelante. Y el sitio que ocupabas en el aire se llamará melancolía."

Eduardo Carranza