La vida se teje de momentos. La vida se teje de viajes. En cada ocasión un destino y una compañía distinta. Esta vez, con todos ustedes, Sevilla. Y de la compañía, en fin, qué puedo decir... Que a cada paso hace el camino más bonito, que es hogar y seguridad, y a la vez aire fresco. Esta vez cambiábamos por fin de entorno, de escenario, y la función sigue adelante. Así como en silencio, como sin enterarnos, y al mismo tiempo haciendo todo el estruendo del mundo.
Llegamos a Sevilla con la velocidad de un AVE Fénix y comenzamos a descubrir la ciudad, a explorar cada rincón y a saborear cada momento, andando un doble camino. Descubrimos Sevilla y seguimos descubriéndonos nosotros mismos. Bajo nuestros pies, todo un mundo por explorar aún. Y sobre ellos, una mirada a la que le sobran las palabras. Una sonrisa sincera y una conexión muy especial.
Sevilla tiene un color especial. Tiene un aire, tiene un ambiente, tiene un brillo muy suyo. Tiene toda la personalidad que una ciudad puede tener y transmite toda la alegría que unas calles pueden transmitir. Sevilla tiene su trasteo, su ritmo, su propio baile. Y no se trata solo de lo bonita que es, sino de todo lo que transmite. Eso es lo bonito de verdad: transmitir. También para nosotros. Transmitir lo que llevamos dentro a otros, impregnar nuestra esencia allá donde vamos y dejarnos embargar por la de aquellos que también nos transmiten. Porque la vida no es estar, es ser, y siendo se vive, y viviendo se es. Y transmitir es expandirse, es soltar, dejar ir sin perderlo.
Cuentan que Sevilla tiene un clima cálido. Sinceramente, no puedo deciros que lo pudiera comprobar por mis propios medios, pero me llevé a la calidez conmigo, el arropo, el cariño. Y quién quiere calor fuera si lo lleva por dentro.
En Sevilla se oye un canto, un poema, una melodía con tanto sentimiento como ritmo en el barrio de Triana. En Sevilla hay un sabor, o mejor dicho, una explosión y una mezcla de sabores. Y se huelen sus tapas, y se escuchan los cascos de sus caballos recorrer la ciudad. Y el ambiente es tan bonito que casi hasta se toca. Así que os lo advierto... A Sevilla hay que ir con los cinco sentidos a punto y el corazón con muchas ganas de disfrutar. Y sí, Sevilla me ha gustado, pero por muy bonita que sea, no es lo que más me ha gustado del viaje de esta ocasión. Y es que si alguien la supera, es la compañía. Para querer también hay que tener los 5 sentidos a punto. Pero sobre todo, para querer, hace falta tener el corazón abierto. Y el mío ahora mismo está de par en par.
He de contaros que aunque Sevilla solo pueda ser una, deja su imagen sobre el Guadalquivir en las noches de luna clara. Y ahí, en ese punto, en ese instante, todo es calma. Calma alrededor de tanta vida, calma después de la tormenta.
