domingo, 15 de octubre de 2017

Sé que me repito, pero repetiría junto a vosotras una y mil veces más.

Hay personas que son hogar y lugares que son persona. Y hogar. Se trata de aquellos con los que nos sentimos arropados, aquellos que van mucho más allá de querer y llegan al apoyo incondicional; estar a nuestro lado, pase lo que pase y sea donde sea. Muchas ciudades podrían haber sido el escenario para este reencuentro y, sin embargo, le ha tocado a Oporto. Ciudad de rincones por descubrir, de callejeo, de encanto, de pasear y patear y, por supuesto, de disfrutar. Aunque, tratándose de ellas y su compañía, no había lugar para la duda.

Kilómetros para aquí y para allí, unas cuantas horas sobre ruedas y la ilusión, la emoción y el recuerdo de unos días precisamente para no olvidar. Y es que en realidad no se trata de los kilómetros, sino de los motivos para recorrerlos. De las risas y las lágrimas en ellos. De que la distancia, aunque siempre sea distancia y siempre duela, duele menos con quién convierte cualquier lugar en hogar. 

Oporto es una ciudad dividida por un río y compartida por el mar. Es una ciudad de agua, salgamos hacia donde salgamos. Agua que, como ya he contado alguna vez, es capaz de sortear todos los obstáculos en busca de su propio camino. Por eso mismo, nadie se ha atrevido a hacerle frente a ese agua. Siempre nos ganará, juguemos como juguemos, y esa es la razón por la que a Oporto la comunica un puente. Yo sé de alguien que es todo agua por dentro y es y será capaz de sortear cada obstáculo del camino. Pero quiero que sepa que, incluso si alguno de ellos la bloqueara, si alguno la sobrepasara, siempre habrá un puente hacia un nuevo camino, sea cual sea y donde sea.

Oporto es una ciudad de letras también, aunque no siempre estén abiertas, del encanto de cada casa por ser tan única y diferente a todas las demás y, sin embargo, bailar en perfecta armonía toda ella. Es baile, es luz, es música, es un puñado de sueños ante un río chispeante un atardecer de otoño. 

A fin de cuentas, Oporto es muy bonita, pero más bonito es aún la compañía con la que poder recorrer cada una de sus baldosas. Y me repite, o sea, quiero decir que me repito, pero teníamos un motivo por el que visitarla y ahora, tras conocerla, solo hemos sumado un motivo más a la lista que se resume en querer seguir descubriendo cada rincón que nos ofrezca. Con quién... No lo voy a volver a repetir, pero repetiría junto a vosotras una y mil veces más.

Porque de verdad, una vez más os digo que, a veces, no se trata de los kilómetros.